El futuro no se predice: ciencia vs. profecías
07 Nov 2025
El futuro impredecible: ciencia vs. profecías
Caos, azar y la imposibilidad de predecir la historia
Predecir el futuro con exactitud es una tarea extraordinariamente difícil, especialmente cuando se trata de eventos humanos o históricos. Incluso fenómenos aparentemente regidos por leyes físicas precisas pueden volverse impredecibles más allá de cierto punto debido al caos. Un ejemplo claro es la meteorología: pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden desencadenar grandes diferencias en el comportamiento futuro de la atmósfera, imposibilitando la predicción a largo plazo. Si ni siquiera con supercomputadoras y modelos matemáticos logramos pronosticar con certeza el clima de aquí a unas semanas, es mucho menos factible anticipar eventos complejos de la historia humana con años o siglos de antelación. Las sociedades no siguen ecuaciones exactas; intervienen multitud de factores azarosos, decisiones libres e interacciones caóticas que escapan a cualquier fórmula. En resumen, la historia no tiene “leyes” matemáticas universales que permitan calcular el devenir de la humanidad con precisión científica.
Por supuesto, hay excepciones puntuales en las que el futuro sí puede predecirse confiablemente mediante la ciencia. Por ejemplo, los eventos astronómicos (como eclipses, órbitas de cometas o impactos de asteroides) se anticipan con exactitud porque obedecen a leyes físicas bien conocidas. Un astrónomo puede calcular cuándo y dónde ocurrirá un eclipse solar con años de anticipación, o determinar la trayectoria de un objeto celeste para prever si impactará la Tierra. Pero estos casos no tienen equivalente en el ámbito de los asuntos humanos: guerras, revoluciones, crisis económicas o cambios sociales no siguen ciclos deterministas simples, sino que dependen de decisiones humanas y circunstancias únicas difíciles de replicar. En la práctica, los intentos de pronosticar eventos históricos se asemejan más a conjeturas o escenarios hipotéticos que a predicciones científicas rigurosas. La realidad nos sorprende una y otra vez, y nadie dispone de una bola de cristal infalible para la historia.
La tendencia humana a ver patrones donde no los hay
Frente a esta incertidumbre del futuro, los seres humanos sentimos a menudo la tentación de encontrar patrones y significados incluso donde quizás solo hay azar. Nuestro cerebro está “programado” evolutivamente para buscar sentido en el caos: es el mecanismo que nos hacía ver un depredador en sombras entre los arbustos antes que ignorarlo por casualidad. Esta predisposición cognitiva a detectar conexiones ocultas se conoce como apofenia, definida como la experiencia de percibir patrones o conexiones en sucesos aleatorios o en datos aparentemente sin sentido. Un caso específico de apofenia es la pareidolia, cuando identificamos formas familiares donde no las hay, como ver animales o rostros al mirar las nubes. Seguramente todos hemos experimentado algo parecido: por ejemplo, distinguir la silueta de una cara en la superficie rugosa de la Luna, o escuchar frases ocultas al revés en una canción que realmente no están ahí. Son ilusiones creadas por nuestra mente en su afán de encontrar orden y narrativa en la aleatoriedad.
Aplicada a los textos, esta misma tendencia nos puede jugar trampas curiosas. Hablamos de una especie de “pareidolia textual”: la capacidad de leer un pasaje ambiguo o críptico y extraerle un significado que encaje con lo que queremos ver. Después de que ocurre un evento impactante, es tentador buscar alguna profecía o anuncio previo que “encaje” con lo sucedido – y si se rebusca lo suficiente, es posible hallar frases vagas o simbólicas a las que acomodarles la interpretación. Nuestro cerebro une los puntos hacia atrás, encontrando coincidencias que parecen demasiado precisas para ser azar. Sin embargo, en la mayoría de los casos se trata justamente de eso: coincidencias, lecturas forzadas o reinterpretaciones posteriores (lo que se denomina postdicción) más que verdaderas predicciones hechas de antemano. La historia está llena de ejemplos en que un texto antiguo o una profecía oscura cobraron fama después de un acontecimiento, al ser moldeados retrospectivamente para que parezca que “lo anunciaron”. Veamos algunos casos ilustrativos, desde las célebres cuartetas de Nostradamus hasta anuncios apocalípticos basados en escrituras religiosas.
Nostradamus: el “profeta” de las interpretaciones ambiguas
Portada de la primera edición de Les Prophéties de Nostradamus (1555). Nostradamus (Michel de Nostredame) fue un médico y astrólogo francés del siglo XVI que se hizo famoso por su libro Les Prophéties, una colección de centurias de cuartetas enigmáticas que supuestamente pronostican eventos futuros. Desde su publicación en 1555, estas profecías en verso han fascinado a muchos por su tono misterioso y simbólico. Ahora bien, si algo caracteriza a las visiones de Nostradamus es precisamente lo vagas y abiertas que son. Sus textos están escritos en un lenguaje ambiguo y poético que permite múltiples interpretaciones. El mismo Nostradamus utilizaba referencias astrológicas, alusiones históricas y metáforas oscuras, quizás deliberadamente, lo que hace difícil saber a qué se refería exactamente en cada cuarteta. Esa vaguedad es clave de su perdurable fama: sus palabras son lo suficientemente maleables como para que distintas generaciones las amolden a eventos distintos según la perspectiva del lector.
A lo largo de los siglos, muchas de las profecías de Nostradamus se han vinculado retrospectivamente con sucesos reales. Entre los casos que sus seguidores citan con más frecuencia están, por ejemplo, la trágica muerte del rey Enrique II de Francia (en un duelo en 1559), el Gran Incendio de Londres de 1666, el ascenso de Napoleón Bonaparte y hasta los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Sin embargo, los escépticos señalan que estas correlaciones se establecieron después de conocidos los acontecimientos, y que los textos de Nostradamus son tan genéricos que pueden aplicarse a casi cualquier acontecimiento con la debida elasticidad interpretativa. De hecho, la mayoría de los supuestos “aciertos” de Nostradamus brillan por su ausencia si uno revisa las publicaciones previas a los hechos: nadie predijo claramente con Nostradamus la caída de Napoleón antes de que ocurriera, ni alertó décadas antes sobre Hiroshima leyendo sus cuartetas. Todo encajó a posteriori.
Entonces, ¿por qué tanta gente sigue creyendo en las profecías de Nostradamus? Parte de la respuesta está en nuestra psicología y en el contexto en que resurgen estos augurios. En épocas de crisis o incertidumbre, las personas tienden a buscar respuestas y cierta sensación de control, aunque provenga de antiguos versos crípticos. Las cuartetas de Nostradamus, con su lenguaje apocalíptico, suelen ganar atención en momentos de miedo colectivo porque parecen dar sentido a lo que ocurre. En los últimos años, por ejemplo, se han reinterpretado las profecías de Nostradamus como advertencias sobre guerras mundiales, colapsos económicos o desastres naturales, de acuerdo al temor vigente, alimentando su impacto psicológico. La combinación de un mensaje sombrío y la tendencia humana a buscar patrones en el caos mantiene vivo el legado de Nostradamus, más por la eterna búsqueda humana de certezas sobre el futuro que por verdadera exactitud profética.
Ahora bien, si examinamos con rigor las predicciones de Nostradamus, encontramos abundante evidencia de lo azaroso e infundado de sus presuntos poderes adivinatorios. Para empezar, muchas de sus profecías fallaron estrepitosamente o resultaron ser lecturas creativas después de los hechos. A continuación, se presentan algunos ejemplos emblemáticos que desmontan el mito de Nostradamus como vidente infalible:
- El fin del mundo en 1999: Una de las predicciones más famosas (e inquietantes) de Nostradamus fue su supuesta referencia al Apocalipsis en “el año 1999, séptimo mes”. Ese verso de un “gran Rey del Terror que vendrá del cielo” se interpretó durante décadas como el anuncio de una catástrofe mundial en julio de 1999. Llegado el momento, 1999 transcurrió sin ningún suceso catastrófico de la magnitud esperada. La temida profecía se convirtió, con el paso del tiempo, en uno de los ejemplos más claros de una visión profética fallida. (Algunos defensores de Nostradamus alegaron luego que “Rey del Terror” tal vez aludía a otra cosa, pero tampoco ocurrió nada notable a finales de siglo que respaldara esa reinterpretación.
- El atentado del 11 de septiembre de 2001: Tras los ataques terroristas a las Torres Gemelas en Nueva York, circuló por Internet la idea de que Nostradamus había predicho el 9/11. Se viralizaron cuartetas atribuidas a él con frases como “dos pájaros de acero caerán del cielo sobre la metrópolis” y “el cielo arderá a 45 grados de latitud”, las cuales supuestamente describían la imagen de los aviones estrellándose contra los edificios. En realidad, **Nostradamus nunca escribió tales versos. No existe en sus textos originales mención alguna a “pájaros de acero” (entre otras cosas porque en el siglo XVI ni siquiera se producía acero industrialmente). Todo fue un engaño moderno: aquellas líneas fueron fabricadas o tomadas fuera de contexto, y la gente las creyó auténticas por lo bien que encajaban con lo ocurrido. Estamos ante un claro caso de postdicción, donde se forzó el texto para que coincidiera con los eventos después de conocerlos. En suma, Nostradamus no profetizó el 11-S; fue nuestra necesidad de encontrar sentido lo que creó la profecía después del hecho.
- “Hister” y Adolf Hitler: Otro famoso supuesto acierto de Nostradamus es la mención de un tal “Hister” en una de sus cuartetas, la cual muchos interpretaron como una referencia codificada a Hitler. El verso dice: “De lo más profundo del oeste de Europa nacerá un niño de gente pobre que con su lengua seducirá a las masas; su fama aumentará hacia el reino de Oriente”. A simple vista, esto suena como una asombrosa descripción del dictador nazi. El problema es que Hister no era ningún anagrama visionario de Hitler, sino el nombre latino del río Danubio. Es muy probable que Nostradamus aludiera a esa región geográfica (el Danubio, en cuyo entorno surgió históricamente cierta figura poderosa) y no a un nombre personal. Solo después de la Segunda Guerra Mundial, con Hitler ya en el poder, se releyó esa profecía intentando encajarla con él. Los detalles son lo suficientemente vagos –un líder carismático de origen humilde en Occidente, con influencia hacia el Este– que bien podrían haber encajado con varias figuras históricas, no únicamente con Hitler. Nuevamente, la profecía “acertó” solo tras reinterpretarse retrospectivamente para acomodarse al evento histórico.
Estos ejemplos (a los que podríamos sumar otros, como la supuesta predicción del alunizaje de 1969 que en realidad no aparece explícita en ningún verso, o una “profecía” sobre un “hombre débil” gobernando Occidente tras una plaga que fue difundida en 2020 y resultó completamente falsa) revelan un patrón común: la falta de precisión real en las visiones de Nostradamus. Sus versos funcionan más como un espejo en el que cada época ve reflejadas sus propias preocupaciones, que como una ventana clara al porvenir. Como concluye el escritor e investigador Peter Lemesurier, experto en Nostradamus, muchas de las profecías atribuidas al francés son en realidad reinterpretaciones creativas formuladas a posteriori más que predicciones genuinas. Si Nostradamus hubiera tenido auténticos poderes proféticos, sus vaticinios habrían sido mucho más claros y específicos, sin tanta necesidad de reinterpretación. La ambigüedad de su lenguaje, irónicamente, es lo que ha permitido que sus textos sobrevivan y se sigan ajustando a cualquier suceso histórico durante siglos. En términos científicos, Nostradamus no era un oráculo sobrenatural, sino más bien un maestro de la ambigüedad: sus “profecías” no poseen valor predictivo científico real, aunque continúen alimentando la imaginación popular.
Profecías religiosas y fiascos apocalípticos
El fenómeno de las profecías fallidas no es exclusivo de Nostradamus. También en el terreno religioso y cultural encontramos numerosos ejemplos de predicciones del futuro que nunca se cumplieron, derivadas de interpretaciones forzadas de textos sagrados o creencias populares sobre el fin de los tiempos. A diferencia de la ciencia —que exige pruebas, precisión y posibilidad de réplica— las profecías de tipo religioso suelen basarse en lenguajes simbólicos y metáforas que permiten leer casi cualquier cosa en ellas, un campo fértil para la pareidolia textual. Veamos algunos casos notables:
- El pánico del año 1000: Durante la Edad Media cundió la creencia de que el mundo terminaría al cumplirse el primer milenio después de Cristo. No lo promovían solo predicadores excéntricos; el propio Papa Silvestre II habría apoyado la idea de que la era cristiana duraría únicamente 1000 años. A medida que se acercaba el 1 de enero del año 1000, esta profecía milenarista desató el caos en Europa: multitudes en penitencia, peregrinaciones masivas a Jerusalén y temor generalizado al Juicio Final inminente. Sin embargo, llegó el nuevo milenio y... nada apocalíptico ocurrió. El día después solo dejó “algo de resaca y poco más”, según relatan con sorna los cronistas. Fue un gran anticlimax: la profecía del fin del mundo resultó ser un error de interpretación (o quizás una manipulación teológica) que el tiempo se encargó de desmentir.
- Profecías apocalípticas modernas: A lo largo de la historia muchas sectas y grupos religiosos han puesto fechas al fin del mundo basándose en sus lecturas de la Biblia u otros textos. Todas esas fechas han pasado sin que el Armagedón se materializara. Por ejemplo, en el siglo XIX el predicador William Miller anunció repetidamente la Segunda Venida de Cristo entre 1843 y 1844, reajustando la fecha tras cada fallo, hasta provocar el célebre “Gran Chasco” de sus seguidores al no ocurrir nada. En el siglo XX, los Testigos de Jehová pronosticaron el fin en 1914, luego en 1925, luego en 1975, y en cada ocasión la realidad no corroboró sus expectativas (lo que obligó a reinterpretaciones doctrinales posteriores). Estos fiascos proféticos ilustran un punto importante: cuando una predicción se formula sin base científica, su incumplimiento no disuade necesariamente a los creyentes, quienes a menudo encuentran explicaciones o ajustan la profecía a una nueva fecha en lugar de abandonarla. El deseo de creer puede ser más fuerte que la evidencia en contra.
- El “fin del mundo” maya en 2012: Uno de los casos más famosos de los últimos tiempos fue la supuesta profecía maya que auguraba un cataclismo el 21 de diciembre de 2012. Muchos libros, documentales sensacionalistas y sitios web difundieron la idea de que, según el calendario de Cuenta Larga de la antigua civilización maya, el solsticio de invierno de 2012 traería el fin del mundo o una transformación planetaria radical. Hubo gente que realmente se preparó para un apocalipsis ese día. ¿Qué sucedió? El 21 de diciembre de 2012 llegó a las 12:12 UTC, marcando efectivamente el cierre de un ciclo calendárico… y no ocurrió nada especial en absoluto. Después se entendió que los mayas nunca predijeron el “fin del mundo” en 2012; todo fue una mala interpretación moderna de su sistema calendárico. Arqueólogos y expertos en culturas mesoamericanas señalaron que en ninguna inscripción precolombina existía tal profecía apocalíptica. Fue más bien un fenómeno propagado por autores de la Nueva Era y los medios, mezclando algo de astronomía con fantasía. De hecho, la comunidad científica rechazó esos pronósticos por completo, calificándolos de pseudociencia, y la NASA tuvo que desmentir activamente rumores (como la colisión con un planeta imaginario llamado Nibiru) que no tenían fundamento alguno. Al final, 2012 se convirtió en otro ejemplo memorable de cómo una predicción espectacular captura la imaginación colectiva… hasta que la fecha llega y la realidad la desmiente.
Estos ejemplos podrían multiplicarse. Por cada profecía bíblica o mística que algunos proclaman “cumplida”, hay decenas que quedaron en nada. Desde la “Gran Pirámide” de Egipto (cuyas medidas se usaron para predecir fechas apocalípticas en el siglo XX, sin éxito), pasando por pronósticos de “videntes” famosos que jamás se realizaron, hasta los innumerables intentos de identificar al “Anticristo” de la Biblia en tal o cual líder mundial (todos fallidos hasta ahora). La lección constante es que no existe poder predictivo comprobable en estos anuncios. Son, en última instancia, textos literarios o creencias culturales, no herramientas científicas para ver el futuro. Pueden tener valor histórico, espiritual o poético, sin duda, pero no ofrecen información verificable para anticipar eventos concretos de forma fiable. Las profecías operan en el terreno de la fe y la interpretación subjetiva, no en el de la prueba objetiva.
Conclusión: ciencia, incertidumbre y racionalidad ante el futuro
En última instancia, afirmar que es imposible predecir el futuro con exactitud (al menos en lo que respecta a sucesos históricos y sociales) no es escepticismo gratuito, sino una conclusión respaldada por nuestra comprensión científica del mundo. La realidad es compleja y a menudo caótica; pequeñas causas pueden tener grandes efectos inesperados, y las interacciones humanas añaden otra capa de indeterminación. Ningún escrito antiguo, por muy venerado que sea, ha demostrado poseer información codificada sobre eventos siglos por venir de un modo que resista un escrutinio riguroso. Cuando parece que una profecía “acierta”, casi siempre descubrimos que fue cuestión de azar, lenguaje ambiguo o reinterpretación retroactiva, más que de genuina precognición.
Por contraste, los verdaderos avances predictivos los vemos en la ciencia empírica: son los cálculos orbitales de un astrónomo anticipando un eclipse, o las simulaciones de un físico estimando el comportamiento de un sistema complejo bajo ciertas condiciones. Esas predicciones funcionan porque se basan en leyes conocidas, datos medibles y métodos reproducibles. Si algo no cumple esas condiciones, queda en el terreno de la conjetura. Así, las llamadas profecías –sean de Nostradamus, de textos religiosos o de calendarios antiguos– no poseen valor científico para predecir el futuro de manera fiable. Pueden servir como curiosidad histórica, inspiración literaria o reflejo de la psique colectiva, pero no como mapa del porvenir.
Aceptar esto nos lleva a una conclusión liberadora: el futuro no está escrito en ningún libro milenario ni oculto tras metáforas esotéricas. El futuro lo construimos día a día con nuestras decisiones y acciones, dentro de la incertidumbre propia de la condición humana. En lugar de buscar certeza en profecías vagas, la aproximación más sensata es prepararnos con conocimiento, planificación y adaptación a distintos escenarios (forecasting científico, que maneja probabilidades y no absolutos). Comprender las limitaciones de nuestras predicciones nos hace más humildes y a la vez más responsables del rumbo que tomamos. Al final del camino, ante la tentación de creer en augurios mágicos, la ciencia nos invita a mantener el pensamiento crítico: ver patrones solo donde realmente los haya, y enfrentar el mañana sabiendo que, aunque no podamos predecirlo con total seguridad, sí podemos influir en él con nuestras decisiones informadas en el presente. La verdadera claridad no proviene de profecías, sino de entender las causas y efectos de este mundo lo mejor posible, aceptando tanto su azar como nuestra capacidad de razonar y actuar dentro de él.
Referencias: Las afirmaciones y ejemplos presentados se apoyan en evidencias de fuentes históricas y científicas. La teoría del caos demuestra por qué ciertos sistemas (como el clima) tienen comportamientos impredecibles a largo plazo. Estudios sobre percepción explican fenómenos como la apofenia, la tendencia humana a ver patrones en datos aleatorios. En cuanto a las profecías, se han documentado las vaguedades de Nostradamus y cómo sus cuartetas permiten cualquier cantidad de interpretaciones posteriores. Sus supuestos aciertos –muerte de Enrique II, Gran Incendio de Londres, ascenso de Napoleón, etc.– han sido analizados como coincidencias retrospectivas más que predicciones auténticas. Ejemplos específicos muestran sus fallos y reinterpretaciones: la profecía del “Rey del Terror” en 1999 no se cumplió y quedó como un caso evidente de error profético; la atribución a Nostradamus de frases sobre “dos pájaros de acero” tras el 11-S se demostró falsa, fruto de un ajuste del texto a posteriori; y la famosa cuarteta de “Hister” no predecía a Hitler, sino que fue acomodada después de los hechos, pues Hister era el antiguo nombre del Danubio. Por otro lado, los anuncios apocalípticos religiosos han fallado repetidamente: el temido año 1000 terminó sin apocalipsis alguno, y la supuesta profecía maya del 2012 se originó en una mala interpretación moderna, sin respaldo en las inscripciones auténticas, como corroboraron arqueólogos y astrónomos. En definitiva, ninguna de estas profecías ha mostrado validez científica para anticipar el futuro, reforzando la idea de que el futuro no se puede conocer por medio de textos proféticos o místicos, sino únicamente –y dentro de ciertos márgenes– mediante el estudio racional de las condiciones presentes.