Reforma de apellidos en México: una visión genética y legal
30 Oct 2025
Propuesta de reestructuración del sistema de apellidos en México basada en la genética y la herencia
Introducción
En México, como en la mayoría de países hispanohablantes, cada persona lleva tradicionalmente dos apellidos: primero el apellido paterno (heredado del padre) y después el apellido materno (heredado de la madre). Este modelo de doble apellido fue introducido durante la época colonial y ha permanecido casi intacto hasta nuestros días. Bajo este sistema, el apellido del padre siempre ocupa el primer lugar, reflejando una práctica social arraigada en la que la línea paterna tiene preeminencia sobre la materna. Sin embargo, desde una perspectiva genética y de igualdad, esta convención resulta cuestionable. Genéticamente, cada progenitor aporta aproximadamente el 50% de la información hereditaria de sus hijos, por lo que no existe una razón biológica para privilegiar el apellido de uno por encima del del otro. Este choque entre la base científica de la herencia y la tradición social ha generado un debate creciente sobre la necesidad de reestructurar el sistema de apellidos en México.
En los últimos años, han surgido iniciativas y discusiones legislativas para reformar la forma en que se asignan los apellidos al nacer, con el objetivo de promover la equidad de género y reflejar de manera más justa la identidad familiar. Por ejemplo, desde 2017 la Ciudad de México permite a los padres elegir el orden de los apellidos de sus hijos (apellido materno primero o viceversa), y en 2023 el Senado de la República aprobó una reforma al Código Civil Federal para extender esta posibilidad a todo el país. Detrás de estos cambios subyace el reconocimiento de que la tradición de anteponer siempre el apellido del padre refuerza un sistema patriarcal que reduce a la mujer a un rol secundario dentro de la familia. De hecho, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) ha señalado que obligar a poner primero el apellido paterno genera una discriminación por género al disminuir el rol de la madre, por lo que dicha preferencia debe eliminarse de la legislación.
En este documento se exploran las bases históricas, sociales y científicas relacionadas con el sistema actual de apellidos y se propone una restructuración legal basada en la constitución genética y la herencia. Se compararán los fundamentos científicos (igualdad genética y líneas hereditarias) con las prácticas sociales vigentes (tradiciones culturales y patriarcales) para, finalmente, presentar una propuesta legal y política que modernice el modelo de apellidos en México, haciéndolo más equitativo y acorde con la realidad hereditaria de las personas.
Antecedentes históricos y contexto social
La costumbre de llevar dos apellidos (paterno y materno) tiene su origen en la tradición española, importada a México durante la colonia. Antes de la Conquista, los pueblos indígenas manejaban la identificación de maneras distintas (por nombres de pila, atributos personales o linajes comunitarios), y no existía un sistema de apellidos heredados como tal. Fue durante la época colonial que se introdujeron los apellidos en la Nueva España, ya fuera por la inmigración de familias españolas que traían sus apellidos o por la imposición de apellidos a la población indígena cristianizada. A muchos indígenas se les asignó un apellido español durante el proceso de evangelización y registro, en ocasiones tomando el nombre de sus padrinos, santos o incluso de conquistadores. Esta imposición histórica explica por qué la mayoría de los apellidos comunes en México son de origen español y no necesariamente guardan relación directa con la genética de las poblaciones nativas, sino con procesos de dominación colonial.
Con el paso de las generaciones, el sistema de doble apellido se consolidó: todos los hijos llevan el primer apellido del padre seguido del primer apellido de la madre, formando así sus dos apellidos legales. Este esquema asegura que cada persona lleva algo de la identidad de ambos progenitores; de hecho, la tradición española incorporó el apellido materno precisamente para dar reconocimiento al linaje de la madre, lo cual en su momento fue un avance frente a culturas que solo usan el apellido del padre. No obstante, el orden jerárquico (padre primero, madre después) perpetuó la idea de que el padre es la figura principal de la familia. Durante siglos, el núcleo familiar se consideró un espacio bajo “propiedad” del padre, dueño del apellido que identificaría a la estirpe. Asimismo, se justificó la preeminencia del apellido paterno por el rol tradicional del hombre como proveedor económico de la familia: se asumía que el padre "daba sustento" y por ello su nombre debía perdurar, mientras que la madre ocupaba un lugar secundario. Estas concepciones, nacidas en sociedades patriarcales, quedaron grabadas en nuestras prácticas de nomenclatura.
Las consecuencias de este modelo se reflejan en la composición actual de los apellidos en México. Al privilegiarse siempre la línea paterna, muchos apellidos maternos se pierden en una sola generación, especialmente cuando no hay hijos varones que continúen el apellido del padre. El resultado después de varios siglos es una concentración notable en unos cuantos apellidos muy comunes. Por ejemplo, Hernández es el apellido más frecuente en México, llevado por alrededor del 3.85% de la población, y un puñado de apellidos españoles (Hernández, García, Martínez, López, González, Pérez, etc.) representan una porción enorme de la ciudadanía. Estudios geodemográficos han estimado que los 100 apellidos más comunes cubren cerca del 55% de la población mexicana – evidencia de una diversidad onomástica relativamente baja en comparación con otros países de población más heterogénea. Esto se debe en gran medida a que el stock inicial de apellidos en México fue limitado (proveniente de unos cuantos colonizadores y apellidos impuestos) y al modo de transmisión exclusivamente paterno, que hace que unos cuantos apellidos prolíficos “dominen” muchas familias mientras otros menos comunes se extinguen al no transmitirse por vía materna. En palabras de un análisis académico, “los apellidos se heredan generalmente vía paterna, y por tanto, su frecuencia aumenta o disminuye dependiendo del número de descendientes varones... en México, un número menor de apellidos muy frecuentes terminan por dominar un mayor número de familias, desplazando a los menos comunes (por vía materna)” .
Cabe destacar que la propia historia ofrece ejemplos llamativos de cómo la política de apellidos estuvo influida por el poder: se ha sugerido, por ejemplo, que tras la Conquista pudo haberse impuesto el apellido “Hernández” a poblaciones indígenas y mestizas como forma de asociarlas simbólicamente al conquistador Hernán Cortés, dado que Hernández significa “hijo de Hernán”. Si bien esta hipótesis requiere confirmación histórica, ilustra cómo el apellido paterno dominante podía usarse como herramienta de control identitario. En cualquier caso, la realidad es que los apellidos en México reflejan más la historia social (colonización, castellanización y patriarcado) que la realidad genética de sus habitantes.
En términos legales, hasta hace poco la norma era inflexible: el registro civil automáticamente ponía primero el apellido del padre. Las madres solo podían transmitir su apellido en segundo lugar y, si la filiación paterna no era reconocida, entonces el hijo llevaba ambos apellidos de la madre (caso en el cual, irónicamente, el “apellido materno” de ella pasaba a fungir como apellido paterno del niño). Esta rigidez comenzó a cuestionarse en las últimas décadas a la luz de los principios de igualdad ante la ley. Organismos internacionales y nacionales enfatizaron el derecho a la identidad y la no discriminación por género. La SCJN, en una resolución de 2016, declaró inaplicable la norma que imponía el orden paterno-materno por considerar que contravenía la igualdad de género consagrada en el Artículo 4º constitucional, así como en diversos tratados internacionales suscritos por México. Documentos como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) y la Convención Interamericana de Derechos Humanos respaldan la idea de que ninguna ley debe dar preferencia a un progenitor sobre otro simplemente por su sexo.
El debate social también ha cobrado fuerza. Cada vez más familias –sobre todo en entornos urbanos y educados– se preguntan por qué los hijos “deben” llevar primero el apellido del padre. Aunque el cambio cultural es lento, ya se observan casos de familias que invierten el orden tradicional cuando las leyes locales lo permiten. En la Ciudad de México, por ejemplo, 424 niños fueron registrados llevando el apellido materno en primer lugar entre enero de 2021 y julio de 2022. Si bien esta cifra es modesta frente al total de nacimientos, representa un importante precedente. Algunas de esas familias reportan haber enfrentado obstáculos burocráticos y sociales: personal del Registro Civil que desalentaba el cambio aduciendo posibles confusiones en trámites futuros, formularios oficiales que aún asumen “apellido paterno” como primer campo, e incluso la incomprensión de círculos familiares más tradicionales. Estos retos evidencian que, además de modificar la ley, se requiere un cambio institucional y cultural para normalizar una estructura de apellidos más equitativa.
En resumen, la historia y el contexto social nos legan un sistema de apellidos patrilineal y jerárquico, que surgió de condiciones ya superadas (colonialismo, leyes antiguas, visiones familiares patriarcales). Hoy, en pleno siglo XXI, México se encuentra en proceso de replantear este esquema a la luz de valores contemporáneos: igualdad de género, respeto a la identidad personal y reconocimiento de la diversidad cultural y familiar. Para fundamentar adecuadamente la necesidad de un cambio, es útil examinar también las bases genéticas y hereditarias que subyacen al tema.
Fundamentos genéticos de la herencia de apellidos
Desde el punto de vista biológico, todos los seres humanos heredamos la mitad de nuestro material genético de la madre y la otra mitad del padre. El ADN autosómico –contenido en 22 de los 23 pares de cromosomas– se transmite de forma combinada: aproximadamente 50% de cada progenitor en cada hijo, lo que asegura una contribución igualitaria de ambos al patrimonio genético de la descendencia. Esta realidad genética contrasta con la transmisión de los apellidos, que en el modelo actual solo refleja la línea paterna de forma permanente. Cada generación, el apellido del padre continúa, mientras que el de la madre, aun siendo parte del nombre de sus hijos, no se transmite a la siguiente generación (a menos que ella fuese padre soltera o que el apellido materno coincida con el paterno por algún parentesco). En otras palabras, el sistema tradicional de apellidos destaca solo una de las muchas líneas genealógicas de una persona.
Para ilustrarlo, imaginemos la genealogía de un individuo a lo largo de varias generaciones. Cada persona tiene 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos, y así sucesivamente, duplicándose el número de ancestros en cada generación. Si retrocedemos, digamos, 10 generaciones, una persona tendría teóricamente 1024 antepasados distintos. No obstante, esa persona solo llevaría el apellido de uno de ellos: el de su antepasado de la línea paterna directa (por ejemplo, el padre del padre del padre... y así por 10 generaciones). Los otros 1023 apellidos potenciales de sus demás antepasados no formarían parte de su identidad nominal, ya que se habrían ido perdiendo en la cadena de transmisiones al no ser la rama paterna. En términos genéticos, después de 10 generaciones, uno conserva quizás menos del 0.1% del ADN de un antepasado específico, y de forma análoga, solo conserva 1 de los cientos de apellidos posibles en su árbol familiar. Esto demuestra que el apellido que portamos es apenas la punta del iceberg de nuestra herencia, elegida más por convenciones culturales que por importancia biológica.
Existen, además, componentes genéticos particulares que siguen líneas uniparentales y que nos ayudan a reflexionar sobre cómo podrían rastrearse los linajes de forma más equilibrada. El cromosoma Y, por ejemplo, se transmite exclusivamente de padres a hijos varones (las mujeres no lo poseen). Por su lado, el ADN mitocondrial (ADNmt), que está fuera del núcleo celular, se hereda únicamente de la madre tanto a hijos como hijas, pero solo las hijas lo seguirán pasando a la generación siguiente. Esto significa que, genéticamente, cada persona tiene una “línea paterna” identificable (su línea de cromosoma Y, en el caso de los varones) y una “línea materna” identificable (su linaje mitocondrial, que comparte con su madre, abuela materna, bisabuela materna, etc.). Curiosamente, el sistema de apellidos actual coincide parcialmente con el rastro del cromosoma Y –pues el apellido se mantiene de padre a hijo varón, acompañando a la continuidad del Y– pero ignora por completo el linaje materno, que no deja huella en el nombre tras una generación.
Esta observación ha llevado a algunos investigadores a utilizar los apellidos como proxy para estudiar linajes genéticos, aunque con resultados mixtos. En España se han hecho estudios comparando apellidos con marcadores del cromosoma Y: si los apellidos realmente siguieran fielmente las líneas de sangre paternas, esperaríamos que hombres con el mismo apellido compartiesen el cromosoma Y. En apellidos muy raros o de origen único sí se observa correlación, pero en la mayoría de apellidos comunes la asociación es baja. Un estudio en Andalucía encontró que muchos varones con el mismo apellido no tenían un antepasado común por línea masculina –es decir, distintos linajes adoptaron el mismo apellido en algún momento histórico– . Esto subraya que los apellidos son convenciones sociales: no siempre concuerdan con un linaje genético real, y pueden ser adoptados o compartidos por personas sin parentesco cercano. En el caso de México, donde un puñado de apellidos se generalizaron, es probable que millones de personas que comparten, digamos, García o Hernández no tengan un ancestro común identificable solo a través de ese apellido, sino que sus antepasados recibieron ese nombre por la historia colonial.
Desde la perspectiva genética pura, entonces, no hay fundamento para la primacía de la línea paterna en la identidad. Cada hijo es igualmente hijo de su madre y de su padre en términos biológicos. Más aún, limitar la transmisión del apellido a la vía paterna ha significado descartar la mitad de la herencia familiar en cada generación. Este sesgo no solo plantea un asunto de injusticia simbólica hacia el aporte de la madre, sino que también ha tenido efectos demográficos: como vimos, ha provocado la desaparición paulatina de muchos apellidos maternos y ha concentrado la población en unos cuantos apellidos repetidos. En cambio, un sistema de apellidos basado en la constitución genética buscaría reconocer de algún modo todas las líneas ancestrales o, al menos, no favorecer sistemáticamente a una sola. Obviamente, incluir todos los apellidos de nuestros antepasados en nuestro nombre sería inviable; pero sí es posible concebir un modelo más equilibrado que tome en cuenta la igualdad genética de los padres y la continuidad de ambos linajes familiares.
Propuesta de reestructuración legal del sistema de apellidos
A la luz de lo anterior, proponemos una reforma integral al sistema de asignación de apellidos en México, sustentada en dos pilares fundamentales: (1) la igualdad de género y de derechos parentales, y (2) el reconocimiento de la herencia genética equitativa y de la pluralidad de linajes familiares. El objetivo es transitar desde el modelo actual –paternalista y rígido– hacia un modelo más flexible, justo y representativo de la identidad de cada persona. A continuación, se detallan los elementos de esta propuesta:
- México podría llegar a debatir un modelo de transmisión de apellidos alineado con las líneas genéticas uniparentales: por ejemplo, que los hijos varones hereden exclusivamente el primer apellido del padre y las hijas el primer apellido de la madre. Bajo este esquema, los varones continuarían la línea nominal paterna (coincidiendo con la continuidad del cromosoma Y), mientras que las mujeres continuarían la línea nominal materna (reflejando la continuidad del linaje mitocondrial). Una hija, por tanto, llevaría el primer apellido de su madre y el segundo apellido del padre, y un hijo el primer apellido de su padre y el segundo apellido de su madre. Este modelo híbrido matrilineal/patrilineal aseguraría que ambos apellidos de una pareja se transmitan a la siguiente generación (el del padre a sus hijos hombres, el de la madre a sus hijas mujeres), sustituyendo al sistema actual donde solo el apellido del padre se perpetúa indefinidamente. Si bien esta propuesta rompe con la noción tradicional de que los hermanos deben tener exactamente los mismos apellidos, podría aplicarse manteniendo el apellido contrario como secundario para fines de identificación común. Por ejemplo, todos los hijos podrían llevar ambos apellidos pero ordenados según su sexo: los hombres con el apellido del padre primero y el de la madre segundo, y las mujeres viceversa. De ese modo, cada individuo resaltaría en primer lugar la línea genealógica que podrá transmitir (los hombres la paterna, las mujeres la materna). Esta idea, reconocemos, es más disruptiva y requiere un cambio cultural más profundo, por lo que inicialmente podría plantearse solo como una alternativa opcional para familias que así lo deseen. No obstante, conceptualmente está fundada en la biología de la herencia y representaría una verdadera equidad rotativa entre ambos linajes. Vale la pena debatirla académicamente, aunque su viabilidad práctica deba evaluarse con cautela.
- Adecuaciones administrativas y campañas informativas: Una reforma legal por sí sola no tendría éxito sin cambios administrativos que la respalden y sin difusión que informe a la ciudadanía. Es indispensable actualizar todos los formularios, sistemas informáticos y formatos oficiales para eliminar la expresión “apellido paterno” y “apellido materno”, reemplazándolas por términos neutros como “primer apellido” y “segundo apellido”, tal como ya se ha propuesto en la Ciudad de México. Esto evitará confusiones en trámites y reducirá la resistencia burocrática al nuevo esquema. Asimismo, se deben capacitar a los oficiales del Registro Civil para que respeten y orienten correctamente a los padres sobre sus opciones de apellidos, sin desalentar ninguna modalidad elegida que esté dentro del marco legal. Paralelamente, se recomiendan campañas de sensibilización y difusión del derecho a elegir los apellidos, de modo que las familias mexicanas conozcan estas posibilidades y las consideren parte de la “nueva normalidad” en materia de identidad. Mensajes haciendo hincapié en la igualdad de género, en el valor de la identidad materna y paterna por igual, y en los beneficios de preservar los apellidos de nuestros abuelos y abuelas, pueden ayudar a acelerar el cambio cultural. La experiencia de otros países sugiere que, una vez que la sociedad se acostumbra, tener el apellido de la madre primero o cualquier otro orden deja de ser visto como algo extraño y se normaliza completamente. El eventual éxito de la reforma se medirá no solo en la ley, sino en cuántas personas la adoptan efectivamente; por eso es clave darle visibilidad y aceptación social.
- Salvaguardas legales para la identidad del menor: Cualquier reestructuración debe preservar el derecho del niño o niña a una identidad estable. Las nuevas leyes deberán especificar claramente que, independientemente del orden o elección de apellidos, la filiación (quiénes son el padre y la madre) queda intacta y plenamente reconocida. Además, se podría incluir cláusulas que faciliten a los propios hijos, al alcanzar la mayoría de edad, la posibilidad de invertir o modificar el orden de sus apellidos si así lo desean, sin trámites engorrosos, tal como ya ocurre en España. Esto empoderaría a las personas para ajustar su nombre a su identidad preferida, por ejemplo, si alguien se siente más conectado con su familia materna que con la paterna. De igual modo, habría que prever normas en casos especiales (como parejas del mismo sexo con hijos, donde actualmente en México se permite inscribir dos apellidos de forma análoga: generalmente el primero de cada padre/madre adoptante, según acuerden). La reforma debe ser inclusiva para todos los tipos de familia.
En conjunto, estas medidas conforman una propuesta de política pública y legal ambiciosa pero necesaria. Su implementación práctica podría darse de forma escalonada: iniciar por consolidar la reforma del orden de los apellidos (ya aprobada por el Senado en 2023) y la homologación en todos los estados, luego introducir la opción de elegir qué apellidos transmitir, y eventualmente explorar modelos más innovadores como el del apellido por línea de género. Cada etapa aportaría avances en equidad y reconocimiento a la pluralidad hereditaria.
Conclusiones
La identidad personal se compone de múltiples elementos, y el apellido es uno de los más visibles y perdurables. Reformar el sistema de apellidos en México no es un cambio menor ni meramente cosmético, sino que toca fibras profundas de nuestra organización familiar, jurídica y cultural. La investigación aquí presentada muestra que el modelo vigente responde a circunstancias históricas que ya no nos representan: fue diseñado en una sociedad patriarcal, para afianzar linajes de poder y facilitar un control administrativo, pero hoy contrasta con principios científicos y democráticos fundamentales. Genéticamente, madre y padre contribuyen por igual a la existencia de un hijo, por lo que resulta lógico y justo que ambos tengan igual presencia en el nombre. Socialmente, mantener la preferencia automática por el apellido del padre perpetúa estereotipos y prácticas discriminatorias que debemos superar en pro de la igualdad de género. Legalmente, México tiene compromisos nacionales e internacionales de asegurar la no discriminación y el interés superior del menor, lo que incluye el derecho a una identidad que no esté sesgada por prejuicios de sexo.
La propuesta de reestructuración planteada busca armonizar la ley con la ciencia y con la justicia social. Al permitir a las familias decidir el orden y la composición de los apellidos de sus hijos, se reconoce la libertad y la igualdad de los progenitores. Al facilitar la transmisión de apellidos maternos y paternos según la preferencia, se enriquece el acervo familiar y cultural, evitando la desaparición de apellidos ancestrales valiosos. Y al eliminar del lenguaje jurídico-administrativo la noción de “apellido paterno = principal”, se envía un poderoso mensaje de equidad: madre y padre ocupan el mismo nivel en la construcción de la identidad de sus hijos.
Cabe enfatizar que todos estos cambios deben implementarse protegiendo la identidad y estabilidad del menor. En ningún caso se busca generar caos en los nombres, sino diversidad dentro de un orden claro. Países como España, Portugal, Uruguay y recientemente Italia, entre otros, han avanzado en dar a los padres la libertad de elegir los apellidos de sus hijos, y sus sociedades se han adaptado sin mayores problemas, demostrando que los temores a confusiones administrativas son infundados en la era moderna. México puede y debe dar este paso, liderando en Latinoamérica una reforma que concilie nuestra rica herencia cultural con los valores contemporáneos.
En conclusión, reformular el sistema de apellidos con base en la constitución genética e igualdad hereditaria significa reconocer que nuestros apellidos deben ser reflejo de quiénes somos realmente: descendientes por igual de una madre y un padre, miembros de dos familias, portadores de múltiples legados. Una legislación que permita apellidos más flexibles, escogidos sin sesgo de género, y una sociedad que lo acepte, nos acercarán a una noción más completa de identidad. Esta propuesta, con sólidas bases académicas y sociales, sienta las pautas para una reforma legal y política de fondo. Se trata, en última instancia, de dar a cada nuevo mexicano y mexicana un nombre que honre de manera justa su doble ascendencia, y de construir un país donde los símbolos familiares –como el apellido– estén alineados con los principios de igualdad, diversidad y respeto que exigimos en el siglo XXI.
Fuentes consultadas:
- Mateos, P. et al. (2010). El análisis geodemográfico de apellidos en México. Estudios Demográficos y Urbanos, 25(3), 591-622.
- Milenio (22 de febrero de 2023). ¿Apellido materno en primer lugar? Senado aprueba reforma para elegir el orden...
- Publimetro (25 de septiembre de 2022). Hijos registrados con el apellido materno primero ya suman 424 en CDMX.
- Meganoticias (12 de noviembre de 2024). Nueva propuesta busca cambiar orden de apellidos en México.
- Genealogía Hispana – Antonio Alfaro (14 de mayo de 2019). Elegir el orden de los apellidos de los hijos, ¿por qué no?
- Agencia DICYT – UCM (12 de junio de 2015). Los apellidos no siempre concuerdan con los linajes genéticos paternos.
- Manual de Genealogía – Antonio Alfaro (9 de marzo de 2019). Mi ADN, ¿representa al de mis antepasados?