El Azar y el Sentido: Dios, el Dolor y el Caos del Universo

16 Oct 2025

Imagen destacada: El Azar y el Sentido: Dios, el Dolor y el Caos del Universo

La angustia ante la injusticia de la vida

El interrogante eterno: ¿por qué sufren los inocentes?

La pregunta “¿Por qué me pasan cosas malas si hago el bien?” brota del dolor genuino de una persona que intenta obrar correctamente y aun así sufre. La acompaña la amarga observación de que quienes actúan con maldad parecen prosperar, y la desgarradora injusticia de ver morir a inocentes jóvenes mientras ancianos malvados viven largos años. Esta inquietud no es nueva: en la antigüedad bíblica ya Jeremías clamaba “¿Por qué prospera el camino de los impíos...?” y Job preguntaba “¿Por qué viven los malvados, envejecen y aumentan en riquezas?”. Es el problema existencial del mal y el sufrimiento, una herida abierta en la mente y el corazón humanos. En este ensayo exploraremos cómo distintas visiones han intentado responder a estas preguntas. Desde las explicaciones religiosas –especialmente del cristianismo, el islam y el budismo– hasta las perspectivas filosóficas y científicas modernas basadas en el azar, el caos y las leyes naturales, examinaremos cómo cada cosmovisión ilumina (parcialmente) nuestra angustia. No buscaremos una verdad única que cierre el asunto; más bien, hallaremos sentido en las diversas respuestas y, sobre todo, en nuestra propia actitud ante lo que ocurre.

Visiones religiosas ante el sufrimiento

Las religiones han meditado durante siglos acerca de por qué el bien y el mal parecen no recibir su justa retribución inmediata. Veamos cómo cristianismo, islam y budismo enfrentan el dilema.

En el cristianismo: fe en un plan divino y justicia final

Para el cristianismo, la aparente prosperidad del malvado y el sufrimiento del justo son pruebas que desafían la fe, pero no carecen de sentido dentro de la narrativa divina. La Biblia misma refleja esta perplejidad: “¿Cómo es posible que un Dios santo y de amor permita que Su pueblo sufra mientras los malvados prosperan?”. Las respuestas cristianas tradicionales invocan varios principios:

  • La fugacidad de la injusticia y la esperanza eterna: Los creyentes recuerdan que la prosperidad de los malvados es temporal, mientras que la recompensa de los justos es eterna. “Puede que los malvados prosperen en este mundo, pero... su fortuna solo durará a corto plazo. Hemos perdido de vista nuestra recompensa eterna y el destino final de los malvados”, advierte un comentario bíblico, citando el Salmo 37 que insta a no irritarse por el éxito del impío y a confiar en Dios. En la visión cristiana, Dios hará justicia en el más allá: lo que aquí parece impune o inmerecido será rectificado en la vida eterna, donde cada uno recibirá conforme a sus obras. Esta perspectiva da consuelo al sufriente: su dolor no es en vano, y la aparente victoria del mal no durará para siempre.
  • El misterio de la voluntad divina: El cristianismo afirma que Dios tiene un plan incluso si no lo comprendemos por completo. A veces, incluso los malvados cumplen un propósito en ese plan –por ejemplo, en la Biblia Dios usa naciones corruptas para corregir a Israel, o permite dificultades para sacar un bien mayor. Desde esta óptica, lo que vemos como “injusticia” podría formar parte de un entramado moral más amplio que escapa a la visión humana limitada, semejante a cómo en el libro de Job el protagonista jamás recibe una explicación concreta de sus desgracias, sino la revelación de la infinita sabiduría de Dios gobernando el cosmos. La lección de Job es la confianza: aun sin respuestas claras, confiar en que Dios es justo y sabio.
  • La caída, el pecado y la libertad: Muchas corrientes cristianas señalan que el mal original (pecado) trajo desorden al mundo. No es Dios quien causa el sufrimiento, sino que la humanidad, dotada de libre albedrío, a veces elige el mal, produciendo daño a inocentes. Dios permite esa libertad –incluso cuando resulta en injusticia– porque valorarla implica aceptar su posible mal uso. Además, en un mundo caído por el pecado original, la muerte y el dolor afectan a todos, justos e injustos, no como castigo personal sino como condición general de la existencia que Cristo vino a redimir. Desde esta perspectiva, Dios no “envía” calamidades arbitrariamente: más bien, las sufre junto con nosotros en la persona de Jesús, cuya Pasión (sufrimiento y muerte en la cruz) es para el cristiano el ejemplo supremo de un inocente que padece. Pero esa muerte injusta desemboca en la Resurrección, reafirmando la esperanza de que el mal y el dolor serán vencidos al final.
  • Misericordia y paciencia divinas: Otra respuesta cristiana subraya que Dios ama incluso a los pecadores y tiene paciencia con ellos para darles oportunidad de arrepentirse. Es decir, si el malvado vive tranquilo ahora, podría ser porque Dios, en su misericordia, retrasa el castigo esperando su conversión (cf. 2 Pedro 3:9). Mientras tanto, ese tiempo es una prueba para los justos en virtud de la caridad: se les pide perdonar y amar a sus enemigos, orar por ellos y no sucumbir a la envidia ni al odio. No es fácil –admite la teología cristiana–, pero es el camino que siguió Jesús. Al final, si los malvados no se arrepienten, habrá un juicio; la justicia divina prevalecerá aunque tarde en manifestarse.

En resumen, el cristianismo enfrenta el problema confiando en un Dios amoroso pero también justo, cuyo diseño podría sobrepasar nuestro entendimiento. El creyente halla consuelo en la promesa de que todo sufrimiento unido al bien tendrá un significado redentor (aunque sea para fortalecer el carácter o acercarlo más a Dios), y que ninguna lágrima quedará sin sentido en la eternidad.

En el islam: aceptación, prueba y justicia divina futura

La perspectiva islámica comparte con el cristianismo la fe en una justicia definitiva en el más allá, pero añade matices propios. En el Islam, Dios (Alá) es absolutamente justo y misericordioso, y la vida terrenal es una prueba (fitnah) para los seres humanos. Cuando un musulmán pregunta por qué ocurren desgracias a los inocentes, la respuesta comienza por afirmar la sabiduría y voluntad divinas, aunque el ser humano no siempre pueda comprenderlas.

Los musulmanes creen que el dolor y el sufrimiento de este mundo no son un castigo directo de Dios. En cambio, se ven como parte de la condición humana que Dios permite con un propósito: el Islam, cuyo nombre mismo implica “sumisión (paz) a la voluntad de Dios”, enseña a aceptar con humildad lo que Alá dispone. Esto no significa fatalismo pasivo, sino confianza profunda: “El Islam es aceptar la voluntad de Dios y estar en paz con ella, reconociendo que no siempre podemos entender la sabiduría detrás de Su plan”. En la fe islámica, Dios es el Señor y Creador, nosotros Sus criaturas; de Él venimos y a Él regresaremos, incluso la persona más piadosa sufre sabiendo que es parte de una prueba temporal.

El Corán aborda directamente la existencia del sufrimiento. En un pasaje consolador, Dios dice que nos “pondrá a prueba con algo de miedo, hambre, pérdida de riquezas, vidas y frutos,” y llama bienaventurados a los pacientes que, ante la calamidad, dicen: “En verdad, de Dios somos y a Él hemos de volver.” (Corán 2:155-157). Esta actitud de paciencia (sabr) y confianza en medio de la tribulación es altamente valorada; el sufrimiento ofrece al creyente la oportunidad de ejercer la paciencia y la fe auténtica. De hecho, el Profeta Muhammad (Mahoma) –la paz sea con él– vivió numerosas pruebas (perdió a sus hijos, fue perseguido) y enseñó con su ejemplo que Dios no abandona al que cree. El Corán 93 recuerda al Profeta: “Tu Señor no te ha abandonado ni te odia. Y ciertamente el Más Allá es mejor para vosotros que esta vida presente”. Esto refuerza la idea de que las penas de aquí se compensarán con creces en la otra vida.

Así, en el islam la justicia divina se extiende al Día del Juicio. Las desigualdades y maldades de este mundo “sólo pueden tener sentido si se hace justicia en el próximo”, afirma un escrito islámico. En el Más Allá, cada ser humano “será llamado a rendir cuentas por sus acciones y será castigado por sus malas acciones o recompensado por sus buenas obras”. Allí, quienes sufrieron injustamente encontrarán la recompensa y reparación, mientras que los malhechores sin arrepentimiento enfrentarán las consecuencias. Este ajuste de cuentas final es un pilar de la cosmovisión islámica: explica por qué a veces Dios permite la injusticia temporal –porque no es la historia completa, falta el capítulo eterno donde todo quedará equilibrado.

Mientras tanto, el creyente musulmán es llamado a tener paciencia, mantener la fe y la rectitud aunque otros prosperen haciendo el mal. Sufrir no es señal de falta de fe; al contrario, puede ser signo de que Dios ama a una persona y la quiere purificar o elevar. Un hadiz (dicho del Profeta) enseña que Dios prueba a quienes ama, para expiar sus pecados y acercarlos a Él. La aceptación del decreto divino (qadar) va de la mano con el esfuerzo por hacer el bien sin desanimarse por los resultados inmediatos. El islam, en suma, ofrece esperanza y sentido en la confianza absoluta en Alá: incluso si no entendemos por qué ocurre una desgracia, sabemos que “Dios siempre hace todo por una razón llena de sabiduría”. La actitud recomendada es expresada en la frase coránica: “¡A Dios pertenecemos y a Él retornamos!”, reconociendo nuestra dependencia y encontrando consuelo en la fe de que Dios es justo, sabio y compasivo más allá de lo que podamos ver.

En el budismo: comprender las causas del sufrimiento y trascenderlo

El budismo aborda estas preguntas desde una perspectiva radicalmente distinta, pues no postula a un creador omnipotente que reparta recompensas o castigos en el mundo. Por ello, la cuestión “¿por qué le pasan cosas malas a la gente buena?” en el contexto budista no se responde apelando a la voluntad de un Dios, sino entendiendo las causas naturales (kármicas) y mentales del sufrimiento. En el budismo, lo que llamamos “bien” o “mal” no garantiza automáticamente felicidad o desgracia en esta vida, porque la ley que opera es la del karma: cada acción intencional deja huellas que eventualmente maduran en experiencias, pero esas causas y efectos pueden extenderse a lo largo de varias vidas. Así, una persona aparentemente “inocente” que sufre podría estar experimentando resultados de acciones negativas remotas (quizá de existencias anteriores); y quien prospera haciendo daño tal vez aún no enfrente las consecuencias kármicas, pero lo hará en el futuro. Sin embargo, los maestros budistas advierten que esta comprensión no debe usarse para culpar a la víctima ni para caer en la indiferencia, sino para fomentar la compasión (todos los seres, incluidos nosotros mismos, hemos sufrido y sufriremos mientras estemos en el ciclo del samsara) y la urgencia de romper ese ciclo mediante la sabiduría.

Para el budismo, el sufrimiento (dukkha) es una realidad universal: “Las 'Cuatro Nobles Verdades' tratan sobre dukkha, término que a menudo se traduce como sufrimiento. Exponen la naturaleza del sufrimiento, su causa, su cesación y el camino que conduce a su cesación, el Noble Óctuple Sendero”. Es decir, desde la primera enseñanza del Buda se reconoce que la vida humana conlleva insatisfacción, dolor, pérdida y frustración. ¿Por qué existe este sufrimiento? El budismo lo atribuye no a un castigo ni a un capricho divino, sino a causas identificables: principalmente la ignorancia y el deseo/apego. “La ignorancia (avijjā) se dispone en la filosofía budista como el origen de todo sufrimiento” – ignorancia entendida como desconocimiento de la realidad tal cual es, es decir, de las Cuatro Verdades Nobles, la impermanencia de todas las cosas y la ausencia de un yo permanente. A partir de esa ignorancia básica, los seres desarrollan apegos, aversiones y actos poco sabios que siembran las semillas del dolor. Dicho en palabras contemporáneas, “todos los estados encuentran su origen en la mente”. Un popular aforismo atribuido al budismo reza: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”, señalando que si bien no podemos evitar experiencias dolorosas (envejecer, enfermar, perder a seres queridos), sí podemos cambiar nuestra relación mental con ellas. Dos personas pueden enfrentar la misma desgracia, pero una sufre interiormente mucho más que otra debido a sus actitudes mentales. Buda enseñó que el sufrimiento aumenta cuando nos aferramos al placer efímero o rechazamos la realidad dolorosa; en cambio, al cultivar la sabiduría y la ecuanimidad, podemos lograr que incluso en medio de situaciones difíciles nuestra mente permanezca serena.

Ahora bien, ¿qué dice el budismo del caso concreto de “mala gente con buena suerte y buena gente con mala suerte”? En primer lugar, la doctrina del karma sugiere que ningún resultado es injustificado: todo tiene causas, aunque no las veamos. El bienestar inmerecido del malvado podría ser fruto de alguna buena acción pasada, y el infortunio del virtuoso quizá provenga de alguna causa pasada no evidente. Sin embargo –y esto es crucial–, el budismo enfatiza que indagar las causas pasadas no es tan útil como cambiar nuestra respuesta en el presente. Cuando alguien sufre, el budismo no alienta a decir “lo tenía merecido por su karma”; al contrario, insta a aliviar ese sufrimiento con compasión y a reflexionar que uno mismo también puede sufrir así. Para el budista, la pregunta “¿por qué a mí?” se transforma en “¿cómo puedo liberarme (y ayudar a otros a liberarse) del sufrimiento?”. Se acepta que en el mundo condicionado hay a veces “injusticias aparentes”, pero no se ven como un misterio insoluble, sino como parte de un orden natural impersonal: igual que la lluvia cae sobre buenos y malos sin distinción, las consecuencias kármicas se despliegan complejamente sin un juez supremo decidiendo caso por caso.

Frente a la imagen de un anciano malvado viviendo muchos años mientras jóvenes inocentes mueren, el budismo recordaría que la muerte llega a todos y que aferrarse a la longevidad o a la vida terrenal como medida de éxito es engañoso. Un ser malvado que vive mucho no escapa al sufrimiento: carga con odio, avaricia o ignorancia que ya son en sí tormento interior, y además seguirá atado al samsara (ciclo de renacimientos) hasta pagar sus deudas kármicas. En contraste, un joven inocente que muere quizá sufra menos que aquel anciano en términos espirituales, o renazca en condiciones más favorables debido a su bondad. Nada se pierde en el gran balance kármico, aunque no podamos comprobarlo directamente. Mientras tanto, para quienes sobreviven, el budismo ofrece vías para encontrar sentido: la meditación sobre la impermanencia y la compasión universal puede transformar la indignación en energía para hacer el bien aquí y ahora, sin esperar recompensas mundanas.

En síntesis, el budismo enfrenta la angustia de la injusticia enfatizando la comprensión del sufrimiento y su superación. No ofrece un consuelo basado en un juez celestial que al final enderezará todos los agravios, sino un camino práctico: reconocer que el sufrimiento es parte de la existencia condicionada, investigar sus causas internas (nuestras actitudes, deseos, ignorancia), y trabajar para erradicar esas causas dentro de nosotros. El objetivo final es alcanzar la liberación (nirvana), estado en el cual cesa todo sufrimiento al haberse extinguido los apegos e ilusiones que lo alimentaban. De esta manera, la paradoja de “males a gente buena” se recontextualiza: todos los seres reciben su porción de dolor, pero cada cual puede, mediante la práctica espiritual, lograr que ese dolor no se convierta en sufrimiento inútil sino en camino hacia la compasión y la iluminación.

Un universo indiferente: perspectivas filosóficas y científicas

Las visiones religiosas brindan consuelo al afirmar que existe un orden moral aunque sea invisible. En contraste, muchas corrientes filosóficas modernas y la ciencia contemporánea pintan un cuadro diferente: el universo, dicen, no estaría regido por consideraciones morales, sino por leyes naturales, accidentes y procesos caóticos o azarosos. Desde este enfoque secular, la cuestión “¿por qué le pasan cosas malas a la gente buena?” podría tener una respuesta desoladora: por nada en particular, es decir, por mera causalidad natural o por azar. Veamos cómo filósofos, físicos y biólogos abordan el problema del sufrimiento sin apelar a un agente moral supremo.

La indiferencia cósmica y el absurdo existencial

Varias corrientes filosóficas, especialmente desde el siglo XIX en adelante, han destacado la ausencia de un orden moral garantizado en el mundo. El escepticismo de David Hume ya dudaba de que podamos inferir un Dios bondadoso al ver la mezcla de orden y caos en la naturaleza. Más adelante, filósofos existencialistas y absurdistas como Albert Camus profundizaron en la idea de que el ser humano anhela justicia y sentido, pero se encuentra con un universo silencioso. Camus describió el “absurdo” precisamente como “esa confrontación entre el llamamiento (búsqueda) humano y el silencio irracional del mundo”
newtral.es. En otras palabras, nos parece absurdo que cosas terribles le sucedan a gente virtuosa, porque nuestra razón moral clama por una explicación o por una rectificación que el mundo natural no proporciona. El mundo, por sí mismo, no responde a nuestros deseos de justicia. No castiga automáticamente al malvado ni protege siempre al inocente; estos son conceptos humanos que la naturaleza no comparte.

Esta idea de un universo moralmente indiferente fue expresada de modo incisivo por el biólogo Richard Dawkins: “En un universo de fuerzas físicas ciegas y reproducción genética, unos sufrirán daños y otros no, y es imposible encontrarle sentido o justicia”. Aquí, Dawkins retrata la realidad como fundamentalmente amoral: la naturaleza opera mediante fuerzas impersonales (física, química, selección natural) que no distinguen entre personas buenas o malas. Los terremotos, por ejemplo, destruyen casas de justos e injustos sin discriminación; los virus pueden infectar a santos y a criminales por igual. Desde esta óptica, buscar un “porqué” moral a las desgracias es en sí un error categorial: no lo hay en la estructura misma del cosmos. Parafraseando a otro renombrado científico, Stephen Jay Gould, el ser humano es producto de “una gloriosa casualidad” en un universo que no tuvo en mente a la humanidad; por tanto, esperar que el cosmos nos trate con justicia es atribuirle intenciones que no posee.

La literatura también ha explorado esta inquietante idea. En la famosa novela El extranjero de Camus, el protagonista llega a la conclusión de que el mundo es “indiferente” a la vida humana. Y autores como Thomas Hardy o Mark Twain escribieron sobre personas buenas aplastadas por desgracias sin sentido, destacando la falta de una mano providencial que proteja al inocente. Estas reflexiones han llevado a algunos pensadores al pesimismo o al nihilismo, concluyendo que no existe una justicia inherente en la vida. Sin embargo, otros, como Camus mismo, proponen que reconocer la indiferencia del universo nos libera para crear nuestro propio sentido. Si el mundo no nos garantiza un final feliz ni retribución moral, entonces la responsabilidad recae en nosotros: podemos rebelarnos contra el absurdo viviendo con integridad y solidaridad a pesar de todo. Camus sugirió imaginar a Sísifo –condenado eternamente a empujar una piedra cuesta arriba– como un hombre feliz, porque encontró significado en el propio acto de desafiar su destino absurdo.

Una figura clave en encontrar sentido personal ante un universo no dirigido fue el psiquiatra Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto. Él observó que incluso en los campos de concentración nazis, donde reinaba la injusticia más atroz, había una libertad interior que los opresores no podían quitar: “Las fuerzas que escapan a tu control pueden quitarte todo lo que posees excepto una cosa: tu libertad de elegir cómo vas a responder a la situación”, escribió Frankl. De este modo, la filosofía existencialista humanista concluye que aunque no podamos encontrar un sentido cósmico al sufrimiento, podemos darle un sentido humano, a través de nuestras actitudes y valores. En palabras del propio Frankl: “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”. Esta afirmación poderosa transforma la pregunta –no es tanto “¿por qué sucede?” sino “¿para qué, qué haré con ello?”–, devolviendo la agencia al individuo.

En resumen, la mirada filosófica moderna muchas veces nos confronta con un hecho escalofriante: puede que no haya un porqué moral subyacente a las desgracias de la vida. El azar y la necesidad (en términos de Jacques Monod) gobiernan gran parte de lo que sucede. No obstante, lejos de invitarnos a la desesperación, muchos filósofos ven en esta verdad una oportunidad para afirmar la libertad y dignidad humanas. Si el universo es indiferente, nosotros no tenemos que serlo. Podemos crear justicia en la medida de lo posible, auxiliar al sufriente y denunciar al malhechor, precisamente porque no hay garantía de que “el destino” lo haga por su cuenta. También podemos encontrar significado en nuestra respuesta: la solidaridad ante la tragedia, el amor en medio del dolor, la perseverancia en la virtud aunque el mundo no la premie. Estas elecciones otorgan un sentido personal y ético que no viene dado por las estrellas, sino forjado por el corazón humano.

La ciencia moderna: leyes naturales, evolución y azar

Desde el punto de vista científico, las preguntas de “¿por qué al bueno le va mal y al malo le va bien?” se reformulan en términos de causas naturales. La ciencia no opera con categorías de mérito o culpa; más bien investiga los mecanismos objetivos detrás de los eventos. Esa búsqueda ha revelado un universo fascinante pero en gran medida impersonal. Veamos algunos aspectos científicos relevantes:

  • Física y cosmología: En la concepción científica, la realidad está regida por leyes físicas (gravedad, electromagnetismo, etc.) que funcionan igual para todos. Un accidente (como que te caiga un rayo) no discrimina entre buena o mala conducta; responde a factores como la electricidad atmosférica, tu altura, la ausencia de pararrayos, etc. Del mismo modo, las enfermedades infecciosas actúan según biología: un virus se reproduce en cualquier organismo susceptible, no “elige” víctimas por su moral. Este funcionamiento amorfo del cosmos llevó al biólogo Richard Dawkins a decir célebremente que no hay ni maldad ni bondad cósmicas, solo indiferencia ciega: “El universo que observamos tiene precisamente las propiedades que cabría esperar si en el fondo no hay diseño, ni propósito, ni mal ni bien, nada excepto indiferencia ciega y despiadada”, escribió en otra ocasión. Así pues, para la física, las tragedias suceden por una cadena de causas naturales (comprensibles o no), pero no con intención moral. Un terremoto ocurre por movimientos de placas tectónicas, no para castigar a nadie (aunque en el pasado se creyera que sí).
  • Neurociencia y biología del dolor: La ciencia ha estudiado el dolor físico y el sufrimiento emocional como fenómenos biológicos y psicológicos. El dolor es visto como un mecanismo evolutivo de alerta: una señal del sistema nervioso que nos avisa de daño o amenaza (por ejemplo, apartamos la mano del fuego porque duele). En este sentido, sentir dolor “sirve” a la supervivencia. El sufrimiento emocional, por su parte, parece ligado a la evolución de un cerebro complejo: los humanos, con nuestro gran córtex, somos capaces de anticipar el futuro, recordar el pasado, meternos en la piel de otros (empatía) y reflexionar sobre nosotros mismos – habilidades asombrosas que, sin embargo, nos hacen susceptibles a formas profundas de sufrimiento (ansiedad, depresión, duelo intenso). Un neurocientífico explica que “el sufrimiento... es una experiencia de tipo emocional; una capacidad de sufrimiento extendida que fue procurada por el crecimiento cerebral extraordinario de los seres humanos. Nuestra capacidad de darnos cuenta de lo que ocurre en el mundo... nos permite experimentar diferentes formas de sufrimiento”. En otras palabras, la conciencia avanzada trae consigo la espada de doble filo de la angustia existencial. Desde esta óptica, sufrir no es indicio de fallo moral ni de castigo, sino casi un “precio” de tener un cerebro capaz de apego y anticipación. Los bebés humanos, por ejemplo, lloran al separarse de sus padres debido a la ansiedad de separación –una respuesta desarrollada evolutivamente para mantener cerca al cuidador y aumentar las probabilidades de supervivencia. Lo mismo se puede decir del duelo: sufrimos horriblemente cuando muere un ser querido porque nuestra mente/neuroquímica protesta ante la ruptura de un vínculo; pero ese mismo vínculo afectivo fue en su momento beneficioso para la cooperación y el cuidado mutuo de la especie. Así, la ciencia ve el dolor como parte natural (y hasta necesaria) de la vida, no algo que “no debería ocurrir”.
  • Biología evolutiva y naturaleza: Si observamos el mundo natural sin los lentes de la fe, encontramos abundantes ejemplos de “injusticia” aparente. En la sabana, un león devora a una gacela joven: para la gacela, esto es trágico y “malo”, pero para el león es bueno y necesario. La naturaleza está llena de estos conflictos de interés donde la supervivencia de uno implica el sufrimiento de otro. Pensemos en los parásitos: ciertas avispas ponen sus huevos dentro de orugas vivas; las larvas de avispa se comen viva a la oruga desde adentro. El propio Charles Darwin se horrorizó con este caso, escribiendo que no podía conciliarlo con un diseño benevolente: “No puedo convencerme de que un Dios omnipotente y benefactor creara las (avispas) icneumónidas con la intención expresa de que se alimentaran de los cuerpos vivientes de las orugas”. Para Darwin, la crueldad natural –organismos que sufren sin haber hecho nada “moralmente” incorrecto– le sugería que, si existe un Creador, sus propósitos no son fácilmente comprensibles en términos humanos. Él finalmente postuló otra explicación: la evolución por selección natural. Según esta teoría, las especies se transforman y sobreviven no en función de quién lo “merece” más, sino en función de quién se adapta mejor a su entorno y deja más descendencia. La evolución es un proceso ciego: las mutaciones genéticas ocurren al azar y luego la competencia ambiental determina qué linajes prosperan. En este proceso no hay maldad ni bondad intrínsecas; la “ética” de la naturaleza es la eficacia reproductiva, no la justicia. De ahí la famosa frase del poeta Tennyson sobre la naturaleza: “roja en colmillo y garra”, destacando la violencia impasible que subyace en la vida. Muchos animales sufren terriblemente (de hambre, enfermedades, predadores) sin que ello tenga “sentido” más allá de ser un subproducto de la lucha por la vida. La ciencia, al revelar esto, nos invita a aceptar que el sufrimiento de los inocentes no es un error del universo, sino parte de su funcionamiento. Una cebra recién nacida que cae presa de hienas no violó ninguna ley moral; simplemente tuvo la mala fortuna de nacer en un ecosistema donde las hienas necesitan comer.
  • Azar y caos en los acontecimientos: Otro aspecto crucial que la ciencia moderna ha puesto de relieve es el papel del azar y la complejidad caótica en los sucesos. Durante siglos se pensó que el universo era como un reloj determinista: con suficiente conocimiento, uno podría predecir todo. Pero descubrimientos del siglo XX, como la mecánica cuántica y la teoría del caos, han demostrado límites fundamentales al determinismo. En la física cuántica se acepta que a nivel subatómico hay procesos intrínsecamente aleatorios: por ejemplo, es imposible saber exactamente cuándo decaerá un átomo radiactivo; solo podemos dar probabilidades. “El azar puede darse en sistemas físicos indeterministas... como sucede en la desintegración de un núcleo atómico. Esta dinámica azarosa es intrínseca a los procesos que estudia la mecánica cuántica”, señala un texto de divulgación. Esto significa que algunos eventos ocurren sin causa determinable, al menos en ese nivel microscópico. A escalas mayores, esos pequeños azares cuánticos suelen promediarse, pero en ciertos contextos pueden amplificarse. Aquí entra la teoría del caos: incluso sistemas que obedecen leyes deterministas (como las ecuaciones del clima) pueden volverse impredecibles a largo plazo, porque una mínima variación inicial crece exponencialmente. Es el famoso “efecto mariposa” de Lorenz: el aleteo de una mariposa hoy podría, a través de una cadena complejísima de influencias, desencadenar un huracán en otro continente semanas después. Así, el azar y la incertidumbre residen incluso dentro de sistemas regidos por leyes. “El mundo no sigue una pauta milimétrica y predecible; lo queramos o no, en nuestra vida también habita el caos, ese pequeño espacio para el azar donde resulta casi imposible predecir el efecto de ciertos eventos”, explica claramente un autor divulgativo. Un ejemplo cotidiano: dos personas toman la carretera; una sufre un accidente y otra no. ¿Fue destino? ¿Mérito? Quizá solo la diferencia de partir dos minutos antes o después (una variable caótica) hizo que una coincidiera en el punto y momento fatídico con un conductor ebrio. La casualidad puede parecer trivial, pero a nivel humano marca la diferencia entre la vida y la muerte, la fortuna o la desgracia. La ciencia nos dice que mucho de lo que ocurre es producto de una compleja red de causas donde intervienen también elementos fortuitos, no un plan preescrito.

En consecuencia, la cosmovisión científica refuta la idea de un “mundo justo” intrínsecamente (de hecho, en psicología se habla del sesgo de mundo justo como nuestra tendencia a suponer que la gente en general obtiene lo que merece, cuando la realidad a menudo la contradice). La lluvia cae sobre justos e injustos no por designio moral sino por ciclos meteorológicos; la genética, los hábitos y la suerte determinan que una persona desarrolle cáncer y otra no. Incluso la longevidad puede depender más de genes y contexto que de virtudes. Por supuesto, esto no niega que nuestras acciones tengan consecuencias (fumar aumenta la probabilidad de enfermar, ser violento aumenta la probabilidad de sufrir represalias o castigos humanos, etc.), pero a largo plazo, la ciencia ve esas relaciones de causa y efecto de manera desprovista de intención ética. No hay un “karma cósmico” incorporado en las ecuaciones de la física –aunque sí hay causa y efecto material.

Ahora bien, reconocer esto puede ser intelectualmente honesto pero emocionally duro. Algunos científicos, conscientes de ello, han buscado un humanismo secular que supla el vacío de sentido cósmico con valores y empatía. Saben que aunque la naturaleza es indiferente, nosotros no tenemos que serlo. La medicina, la ingeniería y otros logros científicos son formas en que el ser humano lucha contra la ceguera natural para aliviar el sufrimiento injusto: curamos enfermedades no porque el universo lo exija, sino precisamente porque nos importan el bien y el mal, aunque el cosmos sea neutral. En cierto modo, la ciencia nos da herramientas para responder mejor a la pregunta inicial: si entendemos que las tragedias provienen de causas naturales, podemos intentar prevenirlas o mitigarlas (vacunas contra virus, diseño antisísmico de edificios, leyes sociales que protejan a los vulnerables, etc.). Así, en lugar de atribuir un desastre a la ira divina o rendirnos al “misterio”, podemos investigar causas y soluciones. Pero la ciencia también nos inculca humildad: sabemos que nunca eliminaremos todo el sufrimiento, nunca controlaremos todas las variables del caos, y que la muerte y la pérdida son parte inescapable de la condición humana (al menos hasta donde la biología lo permite).

En resumen, la perspectiva científica reafirma que no existe un reparto cósmico de premios y castigos según la bondad. El universo opera bajo leyes neutrales; la vida evolucionó mediante procesos donde el dolor y la muerte están tejidos en la propia trama de la naturaleza. Lo “malo” le ocurre a quien sea, sin importar su virtud, por causas naturales o azarosas. Pero lejos de sumirnos en cinismo, esto puede inspirarnos a crear nosotros la justicia y el significado que el universo por sí solo no ofrece.

Azar, caos y destino: ¿gobernados por la suerte?

Vale la pena profundizar un poco más en la idea del azar, ya mencionada, porque tiene implicaciones tanto físicas como metafísicas. Desde la antigüedad, la gente ha contrapuesto el destino (todo sucede por una razón predeterminada) y el azar (eventos fortuitos sin propósito). Las religiones tienden a inclinarse hacia alguna noción de destino o providencia, mientras que la ciencia evidencia la omnipresencia del azar. En la actualidad entendemos que ambos conceptos no son excluyentes: el mundo sigue leyes (determinismo) pero también contiene incertidumbre intrínseca y complejidad (azar objetivo y caos).

La mecánica cuántica introdujo formalmente el azar en la ciencia: principios como la indeterminación de Heisenberg implican que no podemos conocer simultáneamente ciertos pares de magnitudes con precisión infinita, lo que a su vez significa que no podemos predecir exactamente la evolución de un sistema cuántico, solo probabilísticamente. Este azar objetivo desconcertó incluso a Einstein (quien decía “Dios no juega a los dados”), pero experimentos posteriores le han dado la razón a la cuántica: parece que, a cierto nivel, la naturaleza “juega a los dados”. Por otro lado, la teoría del caos nos enseña que incluso sin introducir azar, muchos sistemas son impredecibles en la práctica, porque son no lineales y muy sensibles a las condiciones iniciales. Esto da lugar a que resultados aparentemente aleatorios emergen de ecuaciones deterministas debido a nuestra imposibilidad de conocer todos los datos con precisión infinita. En la vida cotidiana, esta mezcla de azar cuántico y caos determinista se traduce en que siempre hay un margen de incertidumbre. Ningún plan humano es 100% a prueba de sorpresas: una tormenta repentina, un virus mutado, un error humano insignificante pueden descarrilar los proyectos mejor trazados. De ahí que el matemático James Yorke, padre de la teoría del caos, aconsejara: “En la vida es importante ser flexibles... estar preparados para cambiar los planes en cualquier momento”.

En lo filosófico, el existencialismo (como vimos con Camus y Sartre) también abraza una forma de “azar metafísico”: nacemos sin escoger dónde ni cuándo, arrojados a una situación (familia, sociedad) que no controlamos –eso es el azar existencial. Luego, estamos condenados a la libertad de elegir qué hacer con eso. Sartre decía: “la vida no tiene un significado a priori, somos nosotros quienes se lo damos a través de nuestras acciones”. Esto resuena con la idea de azar ontológico que algunos filósofos plantean: quizás la realidad en su base contenga espontaneidad no derivada de nada anterior. Los estoicos mucho antes hablaban del “capricho de la Fortuna”, y recomendaban fortalecer el espíritu para aceptar serenamente lo que venga. El azar, pues, ha sido considerado tanto un principio físico como una condición de nuestra existencia. A veces, reconocer la cuota de azar puede aliviarnos de culpas excesivas (“no fue por mi culpa, simplemente tuve mala suerte”), pero también puede frustrar nuestra ansia de control. La sabiduría práctica tal vez consista en saber distinguir lo controlable de lo incontrolable –como reza la oración de la serenidad: “Señor, concédeme serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que sí puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia”.

La ciencia moderna respalda esa actitud: acepta que siempre habrá incertidumbre (no podemos controlar terremotos todavía, ni evitar al 100% las enfermedades, ni predecir todas las acciones humanas), pero también muestra que nuestras elecciones importan dentro de lo posible. En un universo donde coinciden necesidad y azar, como dijo el biólogo Monod, nuestra tarea es navegar con ambas: respetar las leyes necesarias (no puedo evitar la gravedad si salto de un edificio) y adaptarnos al azar con resiliencia (si hoy llueve sobre mi picnic, improvisar un plan B).

En definitiva, ni todo está escrito ni todo es pura casualidad: vivimos en la tensión de esas dos realidades. Y respecto a nuestro dilema central, esto refuerza la idea de que no siempre hay un “porqué” claro de las desgracias –muchas veces hay una multitud de porqués (causas naturales encadenadas, decisiones humanas, accidentes fortuitos). Entender esto puede ser liberador, pues nos invita a dejar de torturarnos buscando culpas ocultas o justicia cósmica, y más bien ocuparnos en lo que sí podemos hacer: prevenir, ayudar, aliviar, y dar significado.

Conclusión: encontrar sentido en nuestra respuesta

Hemos recorrido sendas diversas –religiosas, filosóficas, científicas– en busca de luces para una pregunta oscura. Cada enfoque nos brinda una perspectiva única: la fe ofrece esperanza en un orden moral trascendente o en la compasión universal, la filosofía nos desafía a asumir la responsabilidad del significado, y la ciencia nos dota de comprensión y humildad ante la complejidad del universo. Es posible que ninguna respuesta, por sí sola, satisfaga plenamente el clamor de nuestro corazón herido ante la injusticia. Al fin y al cabo, ¿qué explicación “racional” consuela verdaderamente a unos padres que han perdido a su hijo, o a alguien traicionado por la vida a pesar de su bondad? Quizá lo más honesto es reconocer que ninguna teoría anula el dolor. Sufrir duele, y ver sufrir a quien no lo merece duele aún más en lo moral.

Sin embargo, cada visión explorada ilumina un ángulo de la oscuridad. El cristiano podrá aferrarse a la promesa de que el amor y la justicia de Dios prevalecerán, encontrando sentido en la fe y en la práctica del perdón radical. El musulmán hallará consuelo en la entrega confiada a la voluntad divina, sabiendo que Dios “no carga a nadie con más de lo que puede soportar” y que la paciencia será recompensada. El budista transitará el dolor como parte de la condición universal, cultivando la compasión y la sabiduría para romper el ciclo y quizá preguntándose menos “¿por qué a mí?” y más “¿cómo aliviar el sufrimiento de todos los seres?”. El humanista secular, por su parte, podrá ver en la indiferencia cósmica un llamado a ser él mismo agente de justicia y significado, ayudando a equilibrar la balanza que la naturaleza deja desequilibrada. Y la ciencia le habrá dado herramientas para esa tarea, además de un recordatorio: somos muy pequeños en un universo enorme, nuestras desgracias no son castigos sino sucesos naturales, y precisamente por eso debemos ser amables unos con otros, porque solo nos tenemos los unos a los otros en esta vastedad.

Al final, quizá no podamos responder de forma satisfactoria a “¿por qué le pasan cosas malas a la gente buena?”. El azar, la libertad humana y la fragilidad de la vida aseguran que siempre habrá eventos dolorosos sin explicación evidente. Pero sí podemos cambiar ligeramente el enfoque de la pregunta. En lugar de obsesionarnos con “¿por qué ocurre esto?”, podemos preguntarnos: “Ahora que ha ocurrido, ¿qué hago al respecto?”. Ahí es donde reside nuestro poder y nuestro sentido. No podemos elegir muchas de las cartas que nos reparte la vida, mas sí podemos elegir cómo jugarlas. Podemos elegir no volvernos resentidos ni cínicos, sino mantener la bondad aunque duela. Podemos elegir, como proponían los estoicos y tantos sabios, cultivar la virtud en la adversidad.

Encontrar sentido no en lo que ocurre, sino en cómo reaccionamos a lo que ocurre es una de las lecciones comunes que emergen de este viaje por diferentes pensamientos. Todas las corrientes –un sermón cristiano, un poema sufí, un koan zen, o un ensayo existencialista– en el fondo nos invitan a volver la mirada a nuestra propia actitud y acciones. Ahí es donde el absurdo puede transformarse en propósito. Cada persona, ante su sufrimiento, tiene la capacidad de dotarlo de significado: puede ser un significado religioso (ofrecerlo a Dios, verlo como prueba, etc.), humanitario (usarlo para empatizar más con otros y ayudarles), o personal (crecer en fortaleza, aprender algo de sí mismo). No es fácil ni inmediato, y nadie debería trivializar el dolor ajeno con lecciones forzadas. Pero con el tiempo, muchos descubren que el sufrimiento deja de ser sufrimiento cuando le encontramos un “para qué” –como señaló Viktor Frankl. Ese “para qué” no viene dado desde fuera, sino que lo creamos nosotros, a veces inspirados por las tradiciones que hemos analizado.

Así que, querido lector angustiado por la injusticia de la vida, la invitación final de este ensayo es justamente esa: no te aferres únicamente a buscar una causa oculta o un culpable último de tus desgracias, pues podrías quedar atrapado en la amargura o en un laberinto sin salida. Más bien, busca el sentido que tú puedes darles. Si has hecho el bien y aun así sufres, tu dolor no es un castigo: tal vez sea el testimonio de que en un mundo injusto, tu bondad vale incluso más. Si ves a malos prosperar, no dejes que su aparente éxito te robe tus valores; confía en que la vida de la conciencia tranquila es en sí misma un bien, y considera que quizás esas personas, en lo íntimo, carecen de la paz que tú tienes. Si te indignas por las tragedias, transforma esa indignación en compasión activa hacia quienes sufren, sé aliado de la justicia allí donde puedas influir. En definitiva, actúa con amor frente a lo que ocurre, porque ahí, en tus acciones y reacciones, reside la única brújula capaz de orientarte cuando el azar y la adversidad golpeen. No siempre podremos explicar por qué pasan cosas malas, pero siempre podemos decidir convirtiéndonos nosotros en algo bueno que pasa en medio de lo malo. Ahí se encuentra, quizás, el sentido más profundo al que podemos aspirar.


También podría interesarte