Evolución Biológica y Neuroquímica de la Muerte

11 Jun 2025

Imagen destacada: Evolución Biológica y Neuroquímica de la Muerte

Introducción

La cercanía de la muerte desencadena en muchos organismos respuestas neuroquímicas características. En humanos, un fenómeno conocido son las experiencias cercanas a la muerte (ECM), con relatos de ausencia de dolor, paz profunda, visiones (como la “luz al final del túnel”) y una percepción alterada del tiempo
scientificamerican.com. Comprender la evolución y la base biológica de estos mecanismos —desde organismos primitivos hasta mamíferos y humanos— puede ayudar a explicar por qué, al llegar la muerte, el cuerpo parece activar procesos de analgesia y calma. A continuación, analizaremos cómo estos mecanismos neuroquímicos pudieron haber evolucionado bajo selección natural (minimizando el sufrimiento en situaciones extremas) y qué beneficios adaptativos podrían conllevar. También exploraremos hallazgos neurocientíficos sobre la actividad cerebral en el momento de la muerte (como la liberación de endorfinas, dopamina u otras sustancias asociadas a calma/euforia), incluyendo posibles distorsiones de la percepción temporal en esos instantes finales. Por último, discutiremos implicaciones filosóficas: cómo estos procesos neurobiológicos podrían haber influido en la formación de conceptos religiosos y la idea de trascendencia de la conciencia humana.

Evolución neuroquímica de la respuesta a la muerte

Los sistemas neuroquímicos implicados en el dolor y el estrés son muy antiguos en la evolución, y han sido conservados en muchas especies. Incluso invertebrados simples poseen moléculas análogas a las nuestras: por ejemplo, se han hallado endorfinas (opiáceos endógenos que alivian el dolor) en platelmintos, moluscos, anélidos, crustáceos e insectos en.wikipedia.org. Esto indica que desde temprano en la evolución animal existieron mecanismos para modular el dolor. En términos adaptativos, suprimir o atenuar el dolor en situaciones extremas tiene un claro beneficio: un animal gravemente herido o bajo ataque que logra disminuir su dolor momentáneamente puede seguir luchando o huyendo, aumentando sus probabilidades de supervivencia. De hecho, muchas especies han desarrollado analgesia inducida por estrés o peligro como parte de su repertorio defensivo pubmed.ncbi.nlm.nih.gov. Por ejemplo, en roedores la mera presencia de un depredador puede provocar una reducción drástica de la sensibilidad al dolor –una analgesia de corta duración que forma parte de la respuesta de “lucha o huida” ante una amenaza extrema pubmed.ncbi.nlm.nih.gov. Este tipo de analgesia por estrés agudo suele estar mediada por neuroquímicos como las endorfinas (opioides endógenos) y otros moduladores que inhiben las señales de dolor.

En el curso de la evolución de los vertebrados, el sistema endógeno de opioides (endorfinas, encefalinas, dinorfinas) se fue refinando. Todos los mamíferos –incluidos los humanos– compartimos circuitos cerebrales de analgesia muy similares pmc.ncbi.nlm.nih.gov. La liberación de endorfinas en situaciones de intenso dolor o estrés no solo bloquea la transmisión del dolor, sino que puede inducir sensaciones de bienestar e incluso euforia, gracias a la activación de receptores opioides en regiones de recompensa del cerebro
my.clevelandclinic.org. Es razonable pensar que individuos con una respuesta de “shock” neuroquímico (descarga de opioides endógenos) ante heridas graves tenían ventajas: podían continuar peleando o escapar pese a sus lesiones, o al menos enfrentar la muerte con menos agonía. Aunque en los instantes previos a una muerte inevitable estos mecanismos ya no salven la vida, su presencia es consecuencia de su utilidad en escenarios límite donde aún hay chance de sobrevivir. En otras palabras, la “calma” o analgesia al morir probablemente sea un efecto colateral de adaptaciones que evolucionaron para manejo del dolor bajo estrés extremo (por ejemplo, en combates, accidentes o ataques de depredadores), adaptaciones que fueron favorecidas por selección natural debido a su valor de supervivencia en esos contextos.

Mecanismos neuroquímicos durante la agonía y la muerte

Cuando un organismo se acerca a la muerte, ocurren diversos cambios neuroquímicos en el cerebro y el cuerpo. En mamíferos, uno de los más importantes es la liberación masiva de opioides endógenos (endorfinas) y otros neuromoduladores con efecto analgésico y tranquilizante. Se ha postulado que, en humanos moribundos, un “último baño químico” de endorfinas podría inundar el cerebro, generando sensaciones de paz y abolición del dolor físico scientificamerican.com scientificamerican.com. Esto es difícil de medir directamente en pacientes agonizantes, pero estudios en animales y situaciones análogas lo respaldan. Por ejemplo, en animales bajo ataque se activa el sistema opioide de manera similar a cuando se administran fármacos como la morfina o la ketamina (anestésico dissociativo): de hecho, la ketamina actúa sobre los receptores opioides y puede desencadenar experiencias de tipo “cercano a la muerte” (sensación de euforia y salida del cuerpo), lo que sugiere que el trauma severo por sí mismo puede activar esas vías opioides internas scientificamerican.com. En términos neuroquímicos, las endorfinas liberadas en momentos extremos también fomentan la liberación de dopamina en el cerebro
my.clevelandclinic.org, lo cual contribuye a una sensación de bienestar o recompensa incluso en circunstancias críticas.

Otro neurotransmisor implicado es la serotonina, conocido por regular el estado de ánimo y la calma. Estudios en ratas moribundas revelaron un hallazgo notable: justo en el momento de la muerte, los niveles de serotonina extracelular en el cerebro se elevan a más del triple de lo normal, incluso cuando la actividad eléctrica cortical ya está cesando pubmed.ncbi.nlm.nih.gov. Los investigadores sugieren que esta oleada de serotonina podría tener un efecto neuroprotector y paliativo, “facilitando subjetivamente el morir” al mejorar el estado anímico en los últimos instantes pubmed.ncbi.nlm.nih.gov. Es decir, el propio cerebro podría estar administrando una última dosis de calma química mientras sus funciones se apagan. Desde una perspectiva evolutiva, la serotonina es uno de los neurotransmisores más antiguos filogenéticamente
pubmed.ncbi.nlm.nih.gov, por lo que este mecanismo de “morir con cierta euforia o serenidad” podría ser muy primitivo. Aun sin un beneficio directo para el individuo que muere (ya no habrá selección natural sobre él), la maquinaria que lo produce se mantuvo en la especie porque forma parte de la respuesta general al estrés extremo (útil en situaciones recuperables).

Cabe mencionar también la dopamina y otros sistemas relacionados con la percepción y las alucinaciones. La dopamina, involucrada en el procesamiento de recompensas y en la imaginación, puede estar detrás de ciertas visiones que personas agonizantes reportan (como ver seres queridos fallecidos o figuras religiosas). Por ejemplo, pacientes con enfermedad de Parkinson (caracterizada por disfunción dopaminérgica) a veces experimentan alucinaciones vívidas de apariciones scientificamerican.com. Esto sugiere que una actividad anormal de la dopamina en un cerebro bajo estrés de muerte podría contribuir a las visiones placenteras o significativas de una ECM. De igual modo, la noradrenalina liberada por el locus coeruleus (estructura del tallo cerebral) durante un trauma puede disparar una intensa activación de circuitos de memoria y emoción scientificamerican.com, ofreciendo una explicación neurobiológica para el famoso fenómeno de la “revisión panorámica de la vida” que muchos describen cuando están a punto de morir (como esa sensación de ver pasar toda tu vida en cuestión de segundos).

Actividad cerebral cercana a la muerte y alteraciones de la percepción del tiempo

Más allá de las sustancias químicas liberadas, en los últimos años la ciencia ha podido observar directamente lo que ocurre en el cerebro moribundo. Sorprendentemente, lejos de apagarse de inmediato, el cerebro a veces muestra un último estallido de actividad organizada justo cuando cesa la circulación. Estudios con electroencefalograma (EEG) en pacientes humanos moribundos han registrado, durante unos 30 segundos tras el paro cardíaco, un aumento brusco de ondas cerebrales de alta frecuencia (ondas gamma) similares a las que ocurren en estados conscientes como la vigilia, los sueños vívidos o la evocación intensa de recuerdos scientificamerican.com. En un caso, al monitorizar el EEG de un paciente que sufrió un infarto fulminante durante un estudio, se observó que medio minuto antes y después de que el corazón se detuviera, las oscilaciones cerebrales gamma aumentaron notablemente, de forma muy parecida a lo que se ve durante la rememoración de recuerdos o la meditación profunda livescience.com livescience.com. Este hallazgo sugiere que, en esos instantes críticos, el cerebro podría entrar en un estado hiperactivo especial en el que, pese a la falta de oxígeno, consigue generar experiencias conscientes breves pero intensas. Algunos científicos especulan que este fenómeno podría corresponder a la sensación de “ver la vida pasar en un instante” o a otras facetas de las ECM (como la sensación de estar consciente fuera del cuerpo o en una realidad distinta) scientificamerican.com. Sin embargo, dado que los pacientes en estos estudios no sobrevivieron, no podemos saber con certeza qué experimentaron subjetivamente; solo podemos correlacionar la actividad registrada con los relatos típicos de quienes sí volvieron de un estado cercano a la muerte.

Alteraciones en la percepción del tiempo. Uno de los aspectos más intrigantes de las ECM es cómo describen el tiempo. Muchas personas narran una sensación de atemporalidad: como si el tiempo dejara de existir o se volviera irrelevante en ese momento límite. Por ejemplo, es común el reporte de que “todo sucedía en un solo instante eterno” o que la vida entera se presentó de forma panorámica, fuera de la secuencia normal del tiempo scientificamerican.com psychologytoday.com. Desde la ciencia, hay varias teorías para explicar este efecto. Por un lado, sabemos por experiencias cotidianas que situaciones de alto estrés pueden distorsionar la percepción temporal. Personas en accidentes graves a menudo sienten que los segundos “se alargan” y que los eventos pasan en cámara lenta. Estudios experimentales han demostrado que esta impresión surge a posteriori debido a una codificación de memoria más rica durante el evento, no porque realmente nuestro reloj interno funcione más lento
journals.plos.org. En otras palabras, durante un suceso terrorífico el cerebro almacena muchísima información (impulsado por la adrenalina y otros neuromoduladores), de modo que al recordarlo parece que duró más de lo que duró en realidad journals.plos.org. Algo similar podría ocurrir en una ECM: el estado neuroquímico extremo (endorfinas, catecolaminas, etc.) y la intensa activación neural cercana a la muerte podrían generar una experiencia subjetiva tan vívida y cargada de contenido que el sobreviviente la percibe como “atemporal” o de una duración indefinida. Adicionalmente, la desintegración de la actividad normal de regiones que manejan la noción temporal (por ejemplo, lóbulos frontales) podría contribuir a que en esos momentos la mente ya no registre el paso del tiempo como usualmente lo hace. Así, la sensación de eternidad reportada en ECM no requeriría causas místicas, sino que emergiría de un cerebro liberando una tormenta final de impulsos y neurotransmisores, donde segundos reales se sienten como una infinita y única unidad de experiencia.

Paralelismos en otras especies y comportamientos

Es importante destacar que muchas de estas respuestas no son exclusivas del ser humano, aunque solo nosotros podemos describirlas con detalle. Los mamíferos no humanos, poseyendo sistemas neuroquímicos casi idénticos, muy probablemente experimentan algo similar a la analgesia y la calma al llegar a la muerte. Observaciones de campo sugieren que algunos animales heridos de muerte entran en un estado de relativa quietud (posiblemente asociado a shock endorfínico) en lugar de un sufrimiento prolongado, pero es difícil saber qué sienten subjetivamente. En especies sociales, como ciertos primates, se ha visto que individuos moribundos a veces se aíslan tranquilamente, lo cual podría indicar que sus sistemas internos les están atenuando el dolor y la ansiedad en esa fase final. En especies presas, ocurre a veces un fenómeno llamado inmovilidad tónica (hacerse el muerto) cuando son capturadas: el animal queda quieto y aparentemente calmado. Si bien en algunos casos es una estrategia consciente para que el depredador afloje su agarre, en otros casos parece más un estado de shock neurofisiológico natural. Por ejemplo, un conejo capturado puede quedar inmóvil y con el ritmo cardíaco disminuido; es posible que las endorfinas y otros químicos lo hayan “anestesiado” en esos momentos, reduciendo su sufrimiento mientras la situación se resuelve (sea escape milagroso o muerte). Así, la respuesta neuroquímica al umbral de la muerte posee elementos comunes en distintos niveles del reino animal, variando sobre todo en cómo se manifiesta conductualmente y (en humanos) cómo se interpreta y recuerda después.

Influencia en la espiritualidad y la noción de trascendencia


La clásica imagen de un túnel iluminado al final, un símbolo del “paso a la luz” frecuentemente reportado en experiencias cercanas a la muerte.

Las experiencias subjetivas que acompañan a la muerte han fascinado a la humanidad desde tiempos inmemoriales. Muchas religiones y filosofías han atribuido un significado especial a los momentos finales de la vida, y no es difícil ver por qué. Los elementos típicos de una ECM –paz profunda, luz deslumbrante, sensación de salir del cuerpo, encuentro con entidades benevolentes, revisión de la vida, sentimiento de eternidad– encajan notablemente con narrativas espirituales sobre el más allá psyche.co. De hecho, a lo largo de la historia se registran relatos asombrosamente similares a las ECM modernas: desde el famoso mito de Er narrado por Platón (un soldado que “volvió” de la muerte contando lo que vio), hasta descripciones en textos antiguos de Egipto, la India, China o Mesoamérica, en los que se habla de un alma que emprende un viaje por un túnel o oscuridad hacia una luz, donde es recibida por ancestros o deidades y donde su vida es evaluada antes de trascender psyche.co. Estas coincidencias sugieren fuertemente que las ECM han influido en las creencias sobre la vida después de la muerte en múltiples culturas. Investigaciones etnográficas y históricas muestran que pueblos diversos —desde imperios antiguos hasta tribus cazadoras-recolectoras— han basado parte de sus creencias en testimonios de personas que “volvieron” de un estado cercano a la muerte psyche.co psyche.co. En muchas sociedades tradicionales, los chamanes o místicos obtenían conocimiento del “otro mundo” tras experimentar estados alterados de conciencia extremos (a veces cercanos a la muerte real). No es casual que conceptos como el cielo, el paraíso o la unión con lo divino estén asociados a sentimientos de paz, amor inmenso y luminosidad, que son exactamente las emociones que el cerebro moribundo —bajo la inundación de endorfinas, serotonina y otros neurotransmisores— suele producir.

Es plausible pensar que nuestros ancestros, al presenciar la muerte serena de algún congénere (quizás alguien que, tras gran agonía, de pronto parecía relajarse y “ver” algo antes de expirar) o al escuchar el relato transformador de quien sobrevivió por poco a la muerte, atribuyeran esos fenómenos a la intervención de lo divino. El carácter trascendente de las ECM (la sensación de salir del cuerpo y observarlo desde arriba, la impresión de haber estado en una realidad no física) ha sido interpretado como evidencia de un alma separada del cuerpo. Del mismo modo, la sensación de entrar en una luminosidad cálida y amorosa se ha asociado con la presencia de dios(es) o seres celestiales. Con el tiempo, tales relatos probablemente alimentaron nociones metafísicas: casi todas las religiones incluyen la idea de que la conciencia perdura de alguna forma tras la muerte, a menudo en un estado de bienaventuranza atemporal. Es revelador que, aunque la interpretación cultural varía (un cristiano podría decir que vio a Jesús o un “ángel de luz”, mientras un hindú podría hablar de Yama o mensajeros del más allá), el núcleo de la experiencia es universal y apunta a la neurobiología compartida de nuestro cerebro al morir scientificamerican.com psyche.co.

Desde la psicología, también se ha estudiado cómo estas experiencias cercanas a la muerte transforman a las personas: por lo general, pierden el miedo a la muerte, refuerzan creencias espirituales (aunque no siempre religiosas institucionales) y cambian sus prioridades en la vida, valorando más lo trascendente que lo material scientificamerican.com. Es interesante considerar que, si bien un científico puede explicar las ECM como producto de un cerebro agonizante, para la mente que las vivió se sienten “más reales que la realidad” scientificamerican.com. Esta potencia de la experiencia lleva a muchos a convicción sincera de haber vislumbrado “algo” del otro lado. Así, es muy probable que los procesos neuroquímicos y neurofisiológicos aquí descritos –fruto de la evolución biológica– hayan actuado como catalizadores de creencias en lo sobrenatural y la vida después de la muerte. El ser humano, intentando dar sentido a esas vivencias límite, construyó narrativas de alma, cielo o reencarnación. Paradójicamente, nuestra biología finita pudo ser la chispa para la idea de lo infinito.

Conclusión

La evolución dotó a los seres vivos de herramientas neuroquímicas para afrontar el dolor y el estrés extremos, y en los momentos finales de la vida esas mismas herramientas parecen desplegarse de forma intensa. Desde los primeros animales con sistema nervioso hasta el Homo sapiens, los opioides endógenos y otros mediadores han servido para mitigar el sufrimiento cuando ya no hay más que hacer, brindando una suerte de “anestesia natural” de la muerte. Lejos de ser un proceso caótico, la muerte va acompañada de cambios cerebrales organizados: el cerebro libera cócteles químicos de paz y puede exhibir destellos finales de actividad eléctrica que quizás bajo ciertas condiciones generan experiencias conscientes. Estas experiencias –de paz, euforia, iluminación y atemporalidad– han dejado una huella indeleble en nuestra psique colectiva, inspirando mitos y doctrinas sobre la trascendencia de la conciencia. Hoy, la ciencia comienza a develar cómo un cerebro moribundo produce visiones de túneles y eternidad, conectando la biología con la espiritualidad. Comprender estos mecanismos no les resta maravilla, sino que nos muestra la profunda sabiduría evolutiva de un cuerpo que, incluso en su acto final, busca aliviar el dolor y otorgar significado a la despedida de la vida.

Fuentes: La respuesta se basa en estudios neurobiológicos y evolutivos recientes, incluyendo evidencia de analgesia por estrés en animales pubmed.ncbi.nlm.nih.gov, liberación de neurotransmisores como serotonina en cerebros moribundos pubmed.ncbi.nlm.nih.gov, registros de actividad cerebral de alta frecuencia tras el paro cardíaco
scientificamerican.com livescience.com, así como en análisis de relatos de ECM documentados en la literatura científica y comparativa scientificamerican.com
psyche.co. Estos hallazgos permiten conectar los procesos naturales de nuestro organismo con las descripciones subjetivas de quienes han estado al filo de la muerte, arrojando luz sobre cómo la biología de la muerte pudo alimentar la creencia en una vida más allá.


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