Evolución histórica de la concepción científica de los planetas

10 Jun 2025

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Evolución histórica de la concepción científica de los planetas

Introducción

A lo largo de la historia, la idea de qué es un planeta ha cambiado drásticamente. En la antigüedad, los “planetas” eran luces errantes en el cielo asociadas a deidades, muy diferentes de las estrellas fijas. Durante milenios, se adoptó un modelo geocéntrico con la Tierra en el centro del cosmos. Esta cosmovisión fue revolucionada en el Renacimiento por Copérnico, Galileo y Kepler, quienes establecieron el modelo heliocéntrico, redefiniendo cuáles cuerpos eran planetas y situando al Sol en el centro del sistema. En siglos posteriores, el descubrimiento de nuevos planetas en nuestro sistema solar y el desarrollo de teorías sobre la formación planetaria ampliaron el concepto. Finalmente, en el siglo XX surgió la posibilidad de planetas en otros sistemas estelares (exoplanetas), tema que pasó de la especulación teórica a la realidad observacional en la década de 1990. A continuación se presenta una investigación cronológica sobre cómo ha evolucionado la concepción científica de los planetas, desde las primeras ideas antiguas hasta el descubrimiento del primer exoplaneta confirmado, destacando momentos clave en una línea de tiempo al final.

Los planetas en la antigüedad: astros errantes en el cielo

En las civilizaciones antiguas, se observó que ciertos astros se movían de forma irregular frente al fondo de estrellas fijas. Los astrónomos mesopotámicos y posteriores griegos notaron estos movimientos retrógrados y directos: mientras las estrellas “fijas” mantenían sus posiciones relativas, unos pocos astros cambiaban de posición, a veces retrocediendo en el cielo. Por esta razón, los antiguos los llamaron “estrellas errantes” o planetas (del griego planētēs, “vagabundo”)

Las primeras civilizaciones otorgaron a estos objetos un carácter divino. Por ejemplo, en Babilonia se desarrolló una teología astral donde cada planeta correspondía a una deidad importante. Los cinco planetas visibles a simple vista –Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno– eran identificados y registrados desde al menos el segundo milenio a.C., asociados a dioses como Marduk (Júpiter) o Ishtar (Venus). De hecho, los babilonios dejaron algunos de los primeros registros astronómicos: la Tablilla de Venus de Ammisaduqa (c. siglo XVII a.C.) documenta las apariciones y puestas de Venus en un ciclo de 21 años, siendo la primera identificación conocida de un movimiento astral periódico. Estos registros demuestran que, aunque imbuidas de simbolismo religioso, las antiguas observaciones de planetas tenían ya un componente empírico importante.

En la astronomía griega clásica, los planetas seguían siendo los cinco mencionados (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno), a los que a veces se añadían el Sol y la Luna, completando siete astros móviles en total Filosofías como la de Aristóteles incorporaron los planetas en una cosmovisión geométrica: la Tierra inmóvil en el centro y los planetas (junto con el Sol y la Luna) incrustados en esferas cristalinas concéntricas que giraban alrededor de la Tierra. Para explicar los complicados caminos retrógrados de los planetas observados, astrónomos como Apolonio y Ptolomeo introdujeron sistemas de epiciclos –pequeños círculos orbitando sobre círculos mayores (deferentes)– que permitían modelar esas trayectorias anómalas
es.wikipedia.org. El resultado fue el elaborado sistema geocéntrico ptolomaico (siglo II d.C.), el cual, con sus deferentes y epiciclos, dominó la astronomía durante más de 1300 años
es.wikipedia.org. En este marco, la concepción de “planeta” era esencialmente un astro errante que orbitaba la Tierra (directa o indirectamente, como en el caso del Sol en Ptolomeo). La Tierra misma no era considerada un planeta, sino el centro de la creación, y los planetas tenían naturaleza etérea o divina según las ideas aristotélicas.

 

Diagrama geocéntrico

Diagrama geocéntrico mostrando las trayectorias aparentes del Sol, Mercurio y Venus vistas desde la Tierra (según un grabado del siglo XVIII basado en el sistema de Ptolomeo). Los bucles representan el movimiento retrógrado de los planetas y reflejan la complejidad de los epiciclos necesarios para reconciliar las observaciones con el modelo geocéntrico
es.wikipedia.org.

Revolución heliocéntrica: Copérnico, Galileo y Kepler redefinen el sistema solar

El paradigma planetario dio un giro radical en el siglo XVI con la revolución copernicana. Nicolàs Copérnico (1473-1543) propuso en 1543 un modelo heliocéntrico en el que el Sol ocupaba el centro y la Tierra, antes estática, pasaba a ser un planeta más que gira a su alrededor. Esta idea enfrentó siglos de tradición geocéntrica, pero ofrecía una explicación más sencilla de las trayectorias planetarias. En el modelo de Copérnico, los seis planetas conocidos serían Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter y Saturno, orbitando todos al Sol (excluyendo al Sol y la Luna de la lista de planetas). La Tierra dejó de ser un punto privilegiado del cosmos para convertirse en “uno más de los planetas”. Copérnico mismo recalcó que la Tierra tiene dos movimientos: rota sobre su eje cada día y traslada alrededor del Sol en el año. Aunque Copérnico aún asumía órbitas circulares perfectas y su teoría inicialmente tuvo difusión limitada, marcó el nacimiento de la astronomía moderna al desmontar la concepción clásica (fue calificado como “revolucionario” y padre de la astronomía moderna).

En el siglo XVII, las pruebas observacionales y el perfeccionamiento del modelo heliocéntrico consolidaron la nueva concepción de los planetas. Galileo Galilei, usando el recién inventado telescopio (1609), descubrió en 1610 los cuatro satélites mayores de Júpiter, demostrando que no todo giraba alrededor de la Tierra. El hecho de que esos “planetas” (lunas de Júpiter) orbitasen otro cuerpo refutaba la unicidad del centro terrestre y apoyaba el modelo copernicano. Galileo también observó las fases de Venus, que solo pueden explicarse si Venus orbita al Sol y no a la Tierra. Tales hallazgos “afectaron en gran forma la concepción de la teoría geocéntrica” y generaron un conflicto con la visión tradicional (Galileo fue condenado en 1633 por defender el movimiento de la Tierra), pero establecieron que los planetas eran mundos físicos reflejando luz solar, no puntos de luz divina pegados a esferas.

Por su parte, Johannes Kepler introdujo un cambio conceptual crucial al descubrir que las órbitas planetarias no son círculos perfectos sino elipses. Entre 1609 y 1619, Kepler formuló sus tres leyes del movimiento planetario, deducidas de las observaciones precisas de Marte realizadas por Tycho Brahe. La primera ley (1609) establece que cada planeta orbita en una elipse con el Sol en uno de sus focos; con ello se abandonaba la idea de círculos y epiciclos en favor de trayectorias geométricamente definidas. Las leyes de Kepler hicieron que el concepto de planeta pasara de esferas aristotélicas a cuerpos que obedecen regularidades matemáticas en su movimiento. El éxito predictivo de este modelo (por ejemplo, predijo correctamente un tránsito de Venus en 1631) dio enorme credibilidad al sistema heliocéntrico. Poco después, Isaac Newton (1687) proporcionó la explicación física de por qué los planetas siguen esas órbitas: la gravedad. Newton demostró que los planetas son objetos materiales sujetos a una fuerza universal de gravitación que los mantiene orbitando al Sol, unificando así la física terrestre y celeste. Tras Newton, el “sistema solar” quedó entendido como un conjunto de planetas que orbitan al Sol bajo leyes naturales universales, una concepción científica muy cercana a la actual.

Este proceso del siglo XVI-XVII cambió profundamente la noción de planeta: de entes cualitativamente distintos de la Tierra (y ligados a dioses) pasaron a ser vistos como mundos similares al nuestro, gobernados por las mismas leyes. Cabe destacar que, al final de la revolución copernicana, la lista de planetas quedó fijada en seis (los seis orbitando el Sol). El Sol y la Luna dejaron de contarse como planetas, mientras que la Tierra se añadió a la lista, invirtiendo la perspectiva antigua. La concepción filosófica también dio un giro: los planetas ya no eran considerados perfectos; Galileo había observado montañas en la Luna, manchas en el Sol, etc., sugiriendo que los planetas eran objetos físicos con características propias, potencialmente “otros mundos”.

Más allá del sistema solar: de la “pluralidad de mundos” a la idea de exoplanetas

Con el reconocimiento de que la Tierra es un planeta más, surgió naturalmente la pregunta: ¿existen otros mundos semejantes al nuestro en el universo? Esta idea de la pluralidad de mundos tiene raíces antiguas (por ejemplo, algunos filósofos griegos atomistas lo especularon), pero fue formulada de manera célebre en el siglo XVI por Giordano Bruno. Bruno propuso en 1584 una cosmología audaz en la que las estrellas no eran luces fijas en una bóveda, sino otros soles rodeados por sus propios planetas. Afirmaba que “las estrellas en el cielo eran otros soles como el nuestro, a las que orbitan otros planetas”. Esta visión de un universo infinito, con innumerables sistemas planetarios y posiblemente vida en ellos, anticipó la noción de exoplanetas (planetas fuera del sistema solar) mucho antes de que hubiera evidencia. En su época, las ideas de Bruno fueron consideradas heréticas –de hecho, fue ejecutado en 1600, en parte por sostener la infinidad de mundos–, pero plantaron la semilla de un concepto que la ciencia tardaría siglos en abordar empíricamente.

Durante los siglos siguientes, la pluralidad de mundos habitados se volvió tema recurrente en discusiones científicas y filosóficas. En el siglo XVII, científicos como Christiaan Huygens especularon sobre vida en otros planetas del sistema solar, y en el XVIII pensadores como Immanuel Kant y Pierre Laplace dieron un paso más al considerar la formación de planetas alrededor de estrellas. Kant (1755) y Laplace (1796) desarrollaron la hipótesis nebular, sugiriendo que el Sol y sus planetas se formaron de una nube de gas en contracción, un proceso que podría ocurrir alrededor de otras estrellas también. De hecho, la palabra “sistema solar” comenzó a usarse a inicios del siglo XVIII, implícitamente reconociendo que nuestro sistema planetario es uno entre potencialmente muchos. Sin embargo, hasta el siglo XX no hubo manera de detectar planetas extrasolares, por lo que la existencia de “otros sistemas planetarios” permaneció en el terreno teórico.

Es notable que a comienzos del siglo XX había debate sobre la frecuencia de sistemas planetarios. Una teoría astronómica entonces popular, la hipótesis de las mareas de Jeans, planteaba que los planetas se formaron por un encuentro casi colisional entre el Sol y otra estrella. Según James Jeans (1917), una estrella que pasara cerca del Sol arrancaría material que se condensaría en planetas. Dado lo extremadamente raro de tales encuentros, esta idea implicaba que los sistemas planetarios serían muy excepcionales en el universo. De hecho, algunos astrónomos de los años 1920 sostenían que quizás la mayoría de las estrellas no tendrían planetas, porque esa casi-colisión era altamente improbable. No obstante, otros científicos refutaron esta hipótesis (Harold Jeffreys argumentó en 1929 que tal escenario era insostenible y hacia mediados del siglo XX recuperó fuerza la visión de Kant-Laplace: la formación de planetas como un subproducto natural de la formación estelar.

La teoría nebular volvió a ser ampliamente aceptada tras los años 1940-1950, especialmente gracias a trabajos de investigadores como Viktor Safronov (quien en 1969 explicó cuantitativamente la formación planetaria en discos protoplanetarios). Esta aceptación teórica fue reforzada por descubrimientos astronómicos: en la década de 1980, observaciones en infrarrojo revelaron que varias estrellas jóvenes estaban rodeadas de discos de polvo, tal como la teoría nebular predecía. Un ejemplo emblemático fue la estrella Beta Pictoris, a cuyo alrededor se detectó un disco circumestelar en 1984, indicando directamente un sistema planetario en formación. Asimismo, el satélite IRAS (1983) encontró exceso de radiación infrarroja en muchas estrellas, señal de discos fríos de material orbitante. Por primera vez la ciencia disponía de evidencias de que la formación de planetas era común, respaldando la idea de que debían existir planetas en otras estrellas mucho antes de poder verlos. Para finales del siglo XX, la mayoría de astrónomos asumían que los exoplanetas probablemente abundaban, aunque “carecían de medios para identificarlos” directamente.

Durante ese periodo previo a detecciones reales, hubo también varios falsos alarmas de descubrimiento de exoplanetas. En el siglo XIX, por ejemplo, se anunció un posible planeta alrededor de la estrella binaria 70 Ophiuchi (con observaciones en 1855 y 1890 que sugerían perturbaciones orbitales). Sin embargo, análisis posteriores mostraron que un sistema de tres cuerpos con esas características sería inestable, y esos indicios se descartaron. Más tarde, en las décadas de 1950 y 1960, el astrónomo Peter van de Kamp afirmó haber detectado planetas alrededor de la estrella de Barnard mediante medición astrométrica (desplazamientos de la posición estelar). Esos hallazgos también resultaron erróneos, atribuibles a errores instrumentales. De hecho, todos los informes iniciales de detección de exoplanetas fueron considerados erróneos por la comunidad científica hasta principios de los años 90. A pesar de los contratiempos, estos esfuerzos pioneros reflejan que el interés científico por encontrar otros mundos era fuerte. Muchos astrónomos persistieron refinando técnicas (velocidad radial, tránsitos, etc.) con la convicción de que la pregunta no era si había exoplanetas, sino cuándo lograríamos detectarlos.

El descubrimiento de los primeros exoplanetas

El salto de la teoría a la evidencia ocurrió en la última década del siglo XX. 1992 marcó el descubrimiento de los primeros planetas extrasolares confirmados: Aleksander Wolszczan y Dale Frail anunciaron ese año la detección de tres cuerpos planetarios orbitando un púlsar (estrella de neutrones) llamado PSR B1257+12. Estos objetos, detectados mediante pequeñas variaciones en la señal periódica del púlsar, tenían masas del orden de la terrestre. El anuncio fue recibido con sorpresa por la comunidad científica, no solo por ser la primera confirmación de planetas fuera del sistema solar, sino porque orbitaban una estrella “muerta” (púlsar) –un ambiente extremo e inesperado para planetas. Aunque estos “planetas de púlsar” demostraron que la naturaleza podía formar planetas incluso tras la explosión de una supernova, muchos se preguntaban si también se encontrarían planetas alrededor de estrellas normales (de la secuencia principal) similares a nuestro Sol, donde podrían darse condiciones más parecidas a las de nuestro sistema solar.

La respuesta llegó rápidamente. En octubre de 1995, los astrónomos suizos Michel Mayor y Didier Queloz anunciaron el descubrimiento del primer exoplaneta orbitando una estrella de tipo solar. Usando el espectrógrafo ELODIE en el observatorio de Haute-Provence, detectaron un sutil vaivén (efecto Doppler) en la estrella 51 Pegasi que revelaba la presencia de un planeta orbitándola cada ~4 días. Este planeta, designado 51 Pegasi b, resultó ser un gigante gaseoso aproximadamente la mitad de masivo que Júpiter pero ubicado insólitamente cerca de su estrella, mucho más cerca que Mercurio del Sol. El hallazgo, publicado en la revista Nature, fue inmediatamente confirmado por otros equipos en los meses siguientes. La detección de 51 Peg b es un hito histórico: el primer exoplaneta alrededor de una estrella similar al Sol, logrado tras décadas de búsqueda.

Michel Mayor (derecha) y Didier Queloz (izquierda) en el Observatorio de La Silla

Michel Mayor (derecha) y Didier Queloz (izquierda) en el Observatorio de La Silla, Chile, donde descubrieron 51 Pegasi b, el primer exoplaneta en torno a una estrella solar en 1995.

La sorpresa con 51 Peg b fue mayúscula. “El planeta era muy extraño y para nada situado donde habría cabido esperar”, recordó Didier Queloz años después. Hasta entonces, los astrónomos –basándose en nuestro sistema solar– asumían que los planetas gigantes gaseosos solo se formarían lejos de su estrella, en regiones frías donde hay abundante materia volátil. Encontrar un “Júpiter caliente” orbitando tan cerca de su sol (a una distancia ~8 veces menor que la de Mercurio al Sol, con un período orbital de solo 4 días) contradecía esas expectativas. Este descubrimiento obligó a revisar las teorías de formación planetaria: surgieron nuevos modelos donde los gigantes gaseosos pueden migrar desde las afueras hasta órbitas cercanas a su estrella. En otras palabras, 51 Peg b mostró que los sistemas planetarios podían ser mucho más diversos de lo imaginado, inaugurando una era de descubrimientos que ha revelado “una de las revoluciones de la astronomía a finales del siglo XX”.

La comunidad científica recibió el descubrimiento de Mayor y Queloz con entusiasmo y algo de escepticismo inicial (propio de cualquier hallazgo extraordinario), pero la evidencia era sólida. En cuestión de meses, otros equipos como el de Geoffrey Marcy y Paul Butler en Estados Unidos detectaron más exoplanetas alrededor de estrellas cercanas, confirmando que 51 Peg b no era una rareza aislada. Se había desatado “la carrera por encontrar nuevos planetas”, con anuncios frecuentes que capturaron la atención tanto de científicos como del público. En pocos años, decenas de exoplanetas fueron descubiertos mediante el método de velocidad radial (detectando el bamboleo estelar). La concepción de los planetas en la ciencia amplió su horizonte: de ocho (o nueve) planetas conocidos en torno a una sola estrella (el Sol), pasamos a comprender que casi cada estrella del cielo podría tener su propio sistema de planetas. De hecho, investigaciones actuales sugieren que en nuestra galaxia podría haber tantos planetas como estrellas, es decir, cientos de miles de millones.

El descubrimiento del primer exoplaneta 51 Peg b, que en 2019 fue reconocido con el Premio Nobel de Física para Mayor y Queloz, enriqueció el “panorama planetario” y extendió la búsqueda de vida en el Universo. Ya no se trataba solo de comprender nuestro sistema solar; la astronomía planetaria se volvió una ciencia universal. Antes de 1995, la existencia de otros mundos habitables era una conjetura; después de 1995, se convirtió en una cuestión experimental. Este cambio ha motivado misiones espaciales (como Kepler y TESS) y proyectos futuros dedicados a encontrar planetas cada vez más parecidos a la Tierra. En resumen, la concepción científica de los planetas ha evolucionado desde luces divinas de la antigüedad hasta cuerpos regidos por leyes naturales en nuestro sistema solar, y finalmente hasta innumerables nuevos mundos orbitando otras estrellas.

Línea de tiempo histórica de momentos clave

  • c.1700 a.C.: Astrónomos babilonios registran movimientos planetarios periódicos. La Tablilla de Venus de Ammisaduqa documenta el ciclo de 21 años de Venus –primer registro conocido de un patrón astronómico periódico para un planeta–. Los planetas son concebidos como dioses errantes en el cielo.
  • Siglo IV a.C.: En la Grecia clásica se consolida la distinción entre estrellas fijas y estrellas errantes (planetas). Se reconocen 5 planetas a simple vista (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno), nombrados en honor a dioses (Hermes, Afrodita, Ares, Zeus, Cronos). Junto con el Sol y la Luna sumaban siete astros móviles en el modelo geocéntrico antiguo.
  • Siglo II d.C.: Claudio Ptolomeo publica el Almagesto (~150 d.C.), síntesis del modelo geocéntrico. Incluye complejos sistemas de epiciclos para predecir con precisión el movimiento de los planetas errantes. El sistema ptolomaico (Tierra inmóvil central, planetas orbitando en esferas con epiciclos) se convierte en la referencia astronómica durante más de un milenio.
  • 1543: Nicolás Copérnico publica De Revolutionibus Orbium Coelestium. Propone el modelo heliocéntrico: el Sol al centro del universo conocido, con la Tierra y demás planetas orbitando a su alrededor. La Tierra es redefinida como planeta y el Sol y la Luna dejan de ser contados como tales. Esta “verdadera revolución” marca el nacimiento de la astronomía moderna.
  • 1609-1610: Galileo Galilei observa por telescopio los cráteres de la Luna, las fases de Venus y descubre los satélites de Júpiter (1609-1610). Publica Sidereus Nuncius (1610). Sus hallazgos apoyan el heliocentrismo: las lunas de Júpiter orbitan ese planeta (no la Tierra) y las fases de Venus confirman que orbita al Sol. Estas observaciones debilitan la concepción aristotélica de planetas perfectos en esferas e indican que los planetas son mundos físicos.
  • 1609-1619: Johannes Kepler formula sus tres leyes del movimiento planetario (1ª y 2ª ley en 1609, 3ª ley en 1619). Reemplaza órbitas circulares por órbitas elípticas, eliminando la necesidad de epiciclos. Sus leyes proporcionan una descripción matemática exacta del comportamiento de los planetas alrededor del Sol, refinando la concepción heliocéntrica. En 1631 se confirma predictivamente su modelo con el tránsito de Venus.
  • 1687: Isaac Newton publica los Principia Mathematica. Introduce la ley de gravitación universal y las leyes del movimiento, explicando por qué los planetas siguen las leyes de Kepler. La gravedad se convierte en el principio unificador que rige tanto a los planetas como a los objetos en la Tierra, cimentando la visión de los planetas como cuerpos regidos por las mismas leyes físicas en todo el universo.
  • 1781: William Herschel descubre Urano (13 de marzo de 1781), el primer planeta nuevo hallado en tiempos modernos y mediante telescopio. Urano se reconoce pronto como el séptimo planeta del sistema solar, más allá de Saturno. Su descubrimiento expande por primera vez la lista “clásica” de planetas conocida desde la antigüedad.
  • 1801: Giuseppe Piazzi descubre Ceres (1 de enero de 1801), un cuerpo entre Marte y Júpiter inicialmente catalogado como el octavo planeta. En años siguientes se hallan otros objetos similares (Pallas, Juno, Vesta) y se comprende que son parte del cinturón de asteroides. Para 1851, Ceres y sus compañeros son reclasificados como asteroides o “planetas menores”. Esto lleva a afinar la definición de planeta, excluyendo cuerpos demasiado pequeños o numerosos.
  • 1846: Descubrimiento de Neptuno (23 de septiembre de 1846) predicho matemáticamente por Urbain Le Verrier y observado por Johann Galle. Neptuno es inicialmente considerado el 13er planeta (contando asteroides) pero tras limpiar la nomenclatura queda como el octavo planeta del sistema solar. Su hallazgo mediante predicción teórica refuerza la confianza en las leyes que rigen a los planetas.
  • 1930: Clyde Tombaugh descubre Plutón (18 de febrero de 1930), anunciado como el noveno planeta del sistema solar. Plutón mantiene ese estatus durante 76 años. Sin embargo, con el descubrimiento de más objetos transneptunianos de tamaño comparable, en 2006 la Unión Astronómica Internacional lo reclasifica como planeta enano, reflejando una vez más que el concepto de planeta evoluciona con el conocimiento.
  • 1992: Aleksander Wolszczan y colaboradores descubren los primeros planetas extrasolares confirmados, orbitando el púlsar PSR B1257+12. Este hallazgo inesperado (planetas alrededor de una estrella de neutrones) prueba la existencia de exoplanetas, inaugurando la era de la búsqueda planetaria más allá del Sol.
  • 1995: Michel Mayor y Didier Queloz detectan 51 Pegasi b, el primer exoplaneta alrededor de una estrella de tipo solar. El anuncio (6 de octubre de 1995) demuestra que es posible encontrar planetas en sistemas similares al nuestro. 51 Peg b resulta ser un “Júpiter caliente” en órbita de 4 días, desconcertando a los científicos y provocando una revolución en las teorías planetarias. Este momento marca un antes y un después en la concepción de los planetas, extendiendo la categoría de “planeta” a miles de nuevos mundos descubiertos en las décadas siguientes.

Fuentes: La información y citas provienen de literatura histórica y científica sobre astronomía antigua y moderna, así como de publicaciones y anuncios clave en la astronomía de exoplanetas. Se han utilizado referencias de Wikipedia en español, textos académicos y comunicados de instituciones como la NASA y el Observatorio Europeo Austral (ESO) para garantizar la precisión histórica. Todas las citas están indicadas en el texto mediante el formato especificado. 


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