¿Tienen conciencia los insectos? Evidencia científica y dilemas éticos actuales
23 Jul 2025
Conciencia y cognición en insectos: evidencia científica y debates actuales
Introducción
¿Pueden criaturas con cerebros diminutos, como abejas, hormigas o moscas, poseer algún grado de consciencia o experiencia subjetiva? Tradicionalmente se pensaba que los insectos eran autómatas biológicos, sin más propósito que el dictado de instintos programados. En la concepción clásica, ni siquiera tendrían un sistema nervioso central unificado, sino ganglios segmentarios que controlarían reflejos locales, lo cual hacía difícil imaginar que fuesen conscientes almendron.com. Sin embargo, investigaciones recientes en neurociencia, etología y filosofía de la mente están replanteando esta visión. Un número creciente de estudios sugiere que los insectos exhiben comportamientos complejos y capacidades cognitivas antes insospechadas. Incluso se ha propuesto, por parte de destacados científicos, que los insectos podrían tener algún tipo de experiencia interna –“algo que es ser” un insecto, parafraseando la famosa definición de Thomas Nagel sobre la conciencia fenoménica.
Esta investigación académica explora la evidencia científica sobre la posible conciencia en insectos, abarcando sus habilidades cognitivas, la cuestión de si sienten dolor, comparaciones con otros invertebrados inteligentes (como los pulpos), las posturas de expertos y teorías filosóficas relevantes, así como las implicaciones éticas de estos hallazgos. A lo largo del texto se presentan ejemplos concretos de estudios recientes y se citan fuentes científicas para sustentar cada punto, con un tono reflexivo y objetivo.
Capacidades cognitivas complejas en los insectos
Lejos de ser meros autómatas simples, diversos insectos han demostrado una cognición sofisticada en áreas como memoria, aprendizaje, toma de decisiones, navegación espacial e incluso formas de comunicación. A continuación, se resumen algunas de las habilidades cognitivas más destacadas observadas en abejas, hormigas y otros insectos, respaldadas por investigaciones recientes:
- Memoria y aprendizaje: Las abejas y otros insectos pueden aprender de la experiencia y retener información. Por ejemplo, abejas melíferas Apis mellifera son capaces de memorizar mapas visuales de su entorno para navegar. Un experimento clásico de Randolf Menzel demostró que si una abeja recolectora es capturada tras hallar néctar y liberada en un punto alejado, puede orientarse y regresar directamente a su colmena usando un mapa mental previamente aprendido del terreno. Además, los abejorros exhiben formas de aprendizaje avanzado poco habituales incluso para algunos vertebrados. En un estudio de 2017 publicado en Science, científicos del laboratorio de Lars Chittka enseñaron a abejorros a resolver una tarea “artificial”: mover una pelota hasta un objetivo para obtener una recompensa de comida. Esta hazaña, que los abejorros jamás encontrarían en la naturaleza, mostró un nivel sin precedentes de flexibilidad cognitiva en un insecto. De hecho, los mismos investigadores han evidenciado que las abejas pueden aprender conceptos numéricos simples, como contar hasta un número pequeño, e incluso recordar patrones visuales complejos como rostros humanos estilizados. Todos estos resultados revelan que los insectos pueden formar recuerdos a corto y largo plazo, generalizar aprendizajes y adaptar su conducta en función de experiencias previas.
- Toma de decisiones y resolución de problemas: Los insectos también toman decisiones adaptativas ante problemas nuevos. Las hormigas, por ejemplo, muestran una notable capacidad de resolución de problemas al buscar alimento. Estudios modernos indican que hormigas que exploran despensas o entornos urbanos despliegan estrategias flexibles para sortear obstáculos y encontrar rutas óptimas, evidenciando una sofisticación cognitiva que contradice su diminuto tamaño cerebral. A nivel colectivo, abejas y hormigas practican la llamada “inteligencia de enjambre”: la colonia en conjunto toma decisiones complejas (como seleccionar un nuevo sitio para anidar o coordinar migraciones) a partir de interacciones locales entre individuos. Este proceso distribuido da lugar a soluciones eficientes sin una autoridad central, y se ha comparado con algoritmos de optimización naturales. Por ejemplo, cuando una colmena de abejas melíferas necesita mudarse, miles de obreras exploradoras evalúan distintas cavidades y, mediante “votos” basados en danzas, convergen hacia la mejor opción en un proceso democrático descrito por Thomas Seeley. Las hormigas también toman decisiones colectivas similares en cuanto a rutas de forrajeo o construcción de nidos, equilibrando opciones en función de feromonas dejadas por sus compañeras.
- Navegación espacial: La navegación de los insectos combina instinto con aprendizaje. Además del mencionado uso de mapas mentales en abejas, se sabe que las hormigas del desierto (Cataglyphis) cuentan sus pasos y usan la posición del sol para regresar a casa en línea recta, un mecanismo de integración de ruta estudiado en detalle desde la etología clásica. Las abejas utilizan múltiples estrategias: orientación visual por puntos de referencia, memoria del paisaje e incluso calibración del ángulo respecto al sol (compensando el movimiento solar durante sus vuelos). La capacidad de las abejas de encontrar el camino a casa tras desplazamientos forzosos implica procesos cognitivos de comparación y reconocimiento espacial similares a los de mamíferos. Estos hallazgos contradicen la idea de que los insectos navegan solo por reflejos simples; en cambio, sugieren un cierto cálculo mental o representación interna del espacio.
- Comunicación compleja: Varios insectos sociales han desarrollado sistemas de comunicación sorprendentemente elaborados. El caso emblemático es la danza del vuelo o “baile del ocho” de las abejas melíferas, descifrado por Karl von Frisch (premio Nobel en 1973). Mediante movimientos corporales rítmicos dentro de la colmena, una abeja exploradora informa a las demás sobre la dirección exacta y la distancia de una fuente de alimento. Se trata de un lenguaje simbólico único en el mundo animal no humano: a diferencia del grito de alarma de una marmota, que solo advierte de peligro de forma genérica, la danza de la abeja esencialmente les dice a sus compañeras algo equivalente a “hay néctar a 500 metros en dirección sur-sureste”. Es destacable que las abejas receptoras interpreten esos símbolos y ajusten su vuelo en consecuencia. Aunque cabe preguntarse si la abeja realmente “entiende” el mensaje o simplemente lo procesa de forma algorítmica, experimentos sugieren algún nivel de procesamiento flexible. Otro ejemplo es la comunicación química mediante feromonas en hormigas, abejas y termitas, que les permite coordinarse eficientemente: las hormigas dejan “rastros olorosos” para guiar a otras hacia comida o cambiar comportamientos según la identidad química de la reina, etc. Incluso se ha observado que ciertas avispas de papel (Polistes) pueden reconocer rostros de compañeras de nido, lo que implica comunicación visual y memoria social. En síntesis, los insectos exhiben repertorios comunicativos complejos para transmitir información sobre recursos, amenazas o estado social, rasgos que antes se creían exclusivos de vertebrados superiores.
- Indicios de emociones simples: Aunque la palabra “emociones” debe usarse con cuidado en insectos, existen datos que sugieren la presencia de estados afectivos básicos. Un estudio de 2016 mostró que las abejas sometidas a una experiencia estresante (simulación de un ataque) luego mostraban un sesgo cognitivo “pesimista” ante estímulos ambiguos, parecido a cómo el estado de ánimo influye en mamíferos. Más recientemente, en 2022, se documentó en abejorros un comportamiento de juego espontáneo: se les ofrecieron bolitas de madera sin valor aparente y las rodaban repetidamente, como si disfrutaran de la actividad. Dado que jugar implica realizar acciones gratificantes por sí mismas (no por recompensa externa inmediata), este hallazgo sugiere algún tipo de experiencia positiva intrínseca en los insectos. De forma similar, las abejas pueden experimentar emociones simples, según plantea la ecóloga apícola Kit Prendergast; al observar su comportamiento, Prendergast afirma que “las abejas son capaces de pensar y de tener algún tipo de sentimientos”. Estas emociones serían primarias (placer-disgusto, excitación-miedo) pero implican cierta valoración interna de las experiencias. Aunque es difícil probar científicamente “qué siente” una abeja, estos experimentos de sesgo emocional y juego proporcionan indicios de una vida interior más rica de lo asumido.
En conjunto, los ejemplos anteriores han redefinido la comprensión de la mente en miniatura de los insectos. Incluso con apenas unas cientos de miles o pocos millones de neuronas, los insectos muestran aprendizaje por condicionamiento, atención selectiva, memoria asociativa, aprendizaje social (por imitación, como en los abejorros que aprendieron tareas observando a otros), planificación simple (por ejemplo, las hormigas cortadoras de hojas cultivan hongos en sus nidos, un comportamiento que requiere varios pasos coordinados) e incluso comportamientos de juego y exploración. Tales capacidades obligan a reconsiderar la idea de que la inteligencia depende rígidamente del tamaño cerebral. En palabras de un artículo divulgativo, “los insectos poseen una mente sorprendentemente sofisticada” y parecen ser más inteligentes de lo que su cerebro minúsculo sugeriría. Esto abre la pregunta central: ¿basta esta sofisticación cognitiva para implicar que también sienten y conscientemente experimentan su mundo?
Nocicepción y dolor: ¿sufren los insectos?
Uno de los aspectos más cruciales al hablar de consciencia es la capacidad de sentir dolor o sufrimiento. En biología se distingue entre nocicepción (la detección neural de estímulos dañinos, que desencadena respuestas reflejas de escape o defensa) y el dolor consciente (la experiencia subjetiva desagradable asociada al daño). La mayoría de los animales, incluidos los insectos, poseen nocicepción: por ejemplo, una cucaracha retirará su pata ante una quemadura, lo cual es un reflejo nociceptivo. Sin embargo, esa reacción automática no implica necesariamente que el insecto sienta dolor en un sentido psicológico elpais.com. En términos sencillos, la nocicepción es un proceso neurofisiológico, mientras que el dolor involucra un componente subjetivo, una percepción consciente de sufrimiento.
¿Existe evidencia de que los insectos puedan experimentar ese dolor consciente? En años recientes, varios estudios han desafiado la suposición de que los insectos no sufren. Un grupo de investigadores realizó en 2022 una revisión exhaustiva de la literatura neurobiológica y conductual sobre este tema. Según el informe (publicado en Proceedings of the Royal Society B), los insectos sí cuentan con los mecanismos necesarios para experimentar sufrimiento o al menos un análogo del dolor. En concreto, poseen receptores nociceptivos distribuidos por el cuerpo y vías neuronales que transmiten esas señales al cerebro. Más importante aún, se ha descubierto que los insectos presentan cierta modulación central de las señales de dolor: el cerebro puede suprimir o amplificar las señales nociceptivas periféricas según el contexto. Lars Chittka (especialista en ecología sensorial y coautor de la revisión) explica este concepto con un ejemplo: en humanos, un soldado herido en batalla a veces no nota el dolor de su lesión hasta pasado el peligro inmediato, gracias a la liberación de opiáceos endógenos que inhiben la señal de dolor. Algo análogo ocurre en insectos: se ha comprobado la existencia de mecanismos neuronales descendentes que controlan la percepción nociceptiva periférica, indicando una plasticidad propia del dolor real y no solo de un reflejo fijo. En otras palabras, el simple hecho de que un insecto pueda modular su respuesta a un daño sugiere que no es un acto totalmente mecánico; podría implicar un estado interno que integra la información de daño de forma flexible, característica que asociamos al dolor consciente.
Además, hay evidencia de dolor crónico en insectos. Un estudio innovador de 2019 mostró que la mosca de la fruta (Drosophila) puede desarrollar un estado persistente de hipersensibilidad tras una lesión, similar a la neuropatía dolorosa en mamíferos. En el experimento, tras dañar un nervio en la pata de la mosca, se dejó que la herida sanara. Sorprendentemente, tiempo después de la curación, las otras patas de la mosca seguían mostrando sensibilidad aumentada al tacto, como si el animal hubiera “aprendido” el dolor. Este fenómeno sugiere cambios duraderos en el sistema nervioso (central y periférico) equivalentes a la memoria del dolor, algo que en humanos se asocia al sufrimiento consciente prolongado.
Por otro lado, algunos expertos continúan siendo cautelosos. Se argumenta que el cerebro de los insectos es muy distinto al de los vertebrados: carece de corteza cerebral y regiones análogas al sistema límbico (claves en la generación de la emoción dolorosa en mamíferos). Un insecto no gritará de dolor ni exhibirá manifestaciones obvias de sufrimiento como las entendemos en animales grandes. Sin embargo, la ausencia de una reacción reconocible para nosotros no significa necesariamente ausencia de experiencia. Aquí es útil recordar la definición de consciencia fenoménica: si un organismo es consciente en este sentido básico, hay algo que se siente al ser ese organismo, incluso si ese algo es muy diferente de nuestras experiencias humanas. Es posible que el “dolor” de un insecto, si existe, sea muy distinto en cualidad y grado al dolor de un mamífero. De hecho, algunos científicos argumentan que no es lo mismo el dolor en un humano que en un insecto –respaldándose en diferencias neurológicas obvias–, pero reconocen que los insectos igualmente responden a estímulos dañinos y evitan condiciones nocivas, lo que podría implicar que sienten en alguna forma primitiva.
Interesantemente, criterios científicos para determinar sentiencia (capacidad de sentir) se han empezado a aplicar a diversos invertebrados. Un informe de la London School of Economics (encabezado por el filósofo de la ciencia Jonathan Birch) evaluó en 2021 la evidencia de sentiencia en cefalópodos y crustáceos, aplicando ocho criterios que abarcan neuroanatomía y comportamientos relacionados con dolor, aprendizaje y emoción. Dicho informe concluyó que pulpos, sepias, cangrejos y langostas cumplían suficientes criterios para ser considerados sintientes, lo que llevó al Reino Unido a reconocer legalmente la sentiencia en esos animales (ver sección siguiente). ¿Y los insectos? Muchos quedaron fuera de esa consideración inicial. No obstante, la mencionada revisión en Royal Society encontró que algunos insectos sociales cumplen múltiples criterios de los propuestos por Birch: por ejemplo, moscas de la fruta, mosquitos, cucarachas y termitas cumplieron 6 de 8 criterios de sentiencia (varios relacionados con la percepción de dolor). Otros insectos como abejas y mariposas alcanzaron 3 o 4 criterios, principalmente ligados a comportamientos de evitación del dolor. Estos resultados, aunque no definitivos, desafían la vieja idea de que los insectos son insensibles. En palabras de un artículo de divulgación de la UNAM, “un estudio reciente encontró que los insectos pueden experimentar dolor, hambre y miedo”. Si esto es cierto, entonces nuestra responsabilidad hacia ellos podría ser mayor de lo que creíamos.
Resumiendo, los insectos poseen nocicepción y reflejos de defensa sin duda, y existe evidencia creciente de que tienen las bases neurológicas para algo más que reacciones automáticas, incluyendo modulación cerebral del dolor y potenciales estados de sufrimiento. Aún no hay consenso absoluto sobre si un insecto “siente dolor” del modo en que entendemos la expresión, pero la posibilidad no puede ser descartada a la luz de los datos actuales. Como veremos en secciones posteriores, esta cuestión tiene profundas implicaciones filosóficas y éticas, especialmente considerando la inmensa cantidad de insectos con los que interactuamos.
Comparaciones con otros invertebrados conscientes: el caso del pulpo
Los pulpos (orden Octopoda) se han convertido en un referente cuando se habla de consciencia en animales muy distintos a los humanos. A diferencia de los insectos, un pulpo posee un cerebro grande y altamente complejo (alrededor de 500 millones de neuronas) y un sistema nervioso distribuido por sus ocho brazos. La evidencia de comportamientos inteligentes en pulpos es abrumadora: resuelven problemas laberínticos, usan herramientas (por ejemplo, conchas de coco como refugio), tienen memoria de largo plazo, reconocen patrones e incluso muestran personalidades individuales. En cautiverio, se han reportado casos de pulpos que juegan con chorros de agua o interaccionan de forma diferenciada con sus cuidadores. Por todo ello, muchos científicos sostienen que los pulpos poseen consciencia en un grado apreciable. De hecho, un panel de expertos concluyó recientemente que los pulpos sienten dolor de manera análoga a los vertebrados, y otras investigaciones indicaron que las sepias (parientes de los pulpos) poseen memoria episódica, recordando detalles de eventos pasados. Asimismo, se ha observado que los pulpos presentan ciclos de actividad cerebral y cambios de color durante el sueño que sugieren algo parecido a fases de sueño REM, lo cual podría implicar sueños y experiencia onírica –un indicio más de vida mental compleja.
La pregunta relevante es: ¿qué nos dice el pulpo sobre los insectos? En primer lugar, demuestra que la consciencia no está limitada a animales con cerebro similar al nuestro (mamíferos) sino que puede surgir en líneas evolutivas muy divergentes. Según el filósofo de la ciencia Peter Godfrey-Smith (quien ha estudiado intensamente a los pulpos), los comportamientos sofisticados de estas criaturas –como su curiosidad, juego, uso de herramientas e interacción atenta con objetos y con humanos– solo pueden interpretarse como indicadores de consciencia. Godfrey-Smith enfatiza que los pulpos “tienen una conexión atenta con las cosas... que hace muy difícil no pensar que sucede mucho dentro de ellos”. Es decir, la hipótesis de la consciencia ofrece la mejor explicación de su conducta. Además, señala que los estudios sobre dolor y sueños en pulpos “apuntan en la misma dirección… hacia que la experiencia sea una parte real de sus vidas”.
En el plano legal y moral, el pulpo ha sido reconocido como ser sintiente. Como se mencionó, el gobierno británico incluyó a moluscos cefalópodos (pulpos, calamares, sepias), junto con crustáceos decápodos (cangrejos, langostas), en una enmienda de la Ley de Bienestar Animal en 2021, otorgándoles protección basada en la evidencia de que pueden experimentar dolor, angustia o daño. Esta decisión se basó en un extenso informe científico de la LSE que compiló decenas de estudios. Sin embargo, en aquella ley los insectos no fueron incluidos, en parte porque se consideró que la evidencia de su sentiencia aún no era tan sólida o porque resultaba menos intuitivo empatizar con ellos. La omisión de los insectos, que representan aproximadamente el 40% de las especies del mundo, dejó abierta una importante discusión ética (retomada más adelante).
Ahora bien, desde una perspectiva neurocientífica, se podría objetar que comparar pulpos con insectos es como comparar un “cerebro gigante” con un “cerebro diminuto”. Los pulpos tienen órdenes de magnitud más neuronas y una arquitectura cerebral distinta (con lóbulos ópticos enormes para procesar visión, ganglios distribuidos que controlan cada brazo, etc.), mientras que los insectos tienen cerebros minúsculos centralizados en la cabeza y ganglios más pequeños en el cuerpo. Aun así, las diferencias de hardware no implican una ausencia de software consciente. Como reflexiona Godfrey-Smith, comportamientos indicativos de consciencia pueden existir en arquitecturas neuronales completamente ajenas a la humana
culturacientifica.com. Por ejemplo, el cerebro de una abeja, con ~1 millón de neuronas, es 86.000 veces más pequeño que el humano; pero cada neurona de abeja es anatómicamente muy compleja, con miles de conexiones, formando una red densa. Por su parte, el sistema nervioso del pulpo funciona de modo distribuido: un brazo amputado de pulpo puede seguir realizando movimientos coordinados, reflejando la autonomía de sus ganglios periféricos. Estas diferencias muestran que la consciencia podría surgir de configuraciones neuronales muy variadas. Quizá no se requiere “tanto equipo” como pensábamos para generar experiencias conscientes básicas
culturacientifica.com –una idea que está ganando terreno. De hecho, la Dra. Kristin Andrews y colegas sugieren que incluso carecer de una corteza cerebral no impide tener algún nivel de consciencia fenoménica simple
culturacientifica.com.
Otros invertebrados que vale la pena mencionar son los arácnidos (arañas) y los crustáceos (camarones, cangrejos). Singer resume que, según Barron y Klein, animales relativamente “simples” como medusas o gusanos nematodos probablemente no poseen estructuras para la consciencia, pero insectos, crustáceos y arañas sí las tienen
almendron.com. Un ejemplo llamativo son las arañas saltarinas, que tienen cerebros pequeños pero comportamientos de caza con planeación y memoria, e incluso una visión detallada que les permite reconocer presas y rutas; algunos han especulado si pueden tener alguna forma de experiencia visual consciente dado su sistema visual sofisticado, aunque esto sigue en el terreno hipotético.
En síntesis, los pulpos y ciertos otros invertebrados han roto el monopolio de los mamíferos y aves en el debate sobre la consciencia animal. Si aceptamos que un pulpo es consciente, se vuelve más plausible –aunque no inevitable– que otros invertebrados “diferentes” (como los insectos) también lo sean en algún grado. No es una inferencia automática, pero crea un precedente: la conciencia puede haberse desarrollado varias veces en la historia de la vida y no exige necesariamente un cerebro de mamífero. Aun así, muchos científicos piden evidencias caso por caso. En la siguiente sección veremos qué opinan biólogos y neurocientíficos específicamente sobre la conciencia en insectos.
Posturas científicas sobre la conciencia en los insectos
El tema de la posible consciencia de los insectos ha pasado en la última década de ser marginal a convertirse en un campo de debate interdisciplinario. Biólogos, neurocientíficos y etólogos evalúan los experimentos recientes y tratan de extrapolar si estos implican o no una experiencia subjetiva en los insectos. Las opiniones varían desde un cauto escepticismo hasta una aceptación de la posibilidad, e incluso la formación de un consenso emergente. A continuación, se exponen algunas posturas destacadas:
- Consenso emergente (Declaración de 2024): En abril de 2024 un grupo internacional de 39 expertos –incluyendo biólogos, neurocientíficos y filósofos reconocidos– anunció un nuevo consenso respecto a la consciencia animal. Esta Declaración de Nueva York sobre la Conciencia Animal sostiene que la evidencia empírica indica “una posibilidad realista de experiencia consciente en todos los vertebrados… y muchos invertebrados (incluidos, como mínimo, moluscos cefalópodos, crustáceos decápodos e insectos)”
culturacientifica.com. Es decir, un panel serio de científicos está dispuesto a afirmar que incluso los insectos podrían ser conscientes, basándose en los numerosos hallazgos de cognición y sensibilidad discutidos. Esta declaración, presentada en una conferencia científica, señala que tal posibilidad debe tomarse en serio y que quizás se ha sobreestimado la complejidad neural necesaria para la consciencia. Entre los firmantes figuran luminarias como los neurocientíficos Anil Seth y Christof Koch, el etólogo experto en abejas Lars Chittka, y filósofos de la mente como David Chalmers y Peter Godfrey-Smith, lo que le da peso académico a la postura. Cabe aclarar que la declaración se circunscribe a la consciencia fenoménica básica (sentir algo, tener experiencias de dolor, placer, etc., pero no necesariamente autoconsciencia elevada). En esencia, estos científicos y filósofos acuerdan que no hay nada en principio que impida que un insecto tenga estados subjetivos. Esto representa una ampliación significativa respecto a la Declaración de Cambridge de 2012, la cual reconocía consciencia en mamíferos, aves y quizás cefalópodos, pero no mencionaba a los insectos. La nueva declaración de 2024 amplía ese alcance de forma deliberada, reflejando cuánto ha cambiado nuestra comprensión en la última década. - Evidencia a favor dentro de la ciencia: Más allá de declaraciones formales, muchos investigadores señalan estudios individuales como soporte de la conciencia insectil. Por ejemplo, Andrew B. Barron (neurocientífico) y Colin Klein (filósofo) publicaron en 2016 un influyente artículo en PNAS que proponía un marco sobre el origen evolutivo de la conciencia y el lugar de los insectos en él. Argumentaron que los insectos sí tienen un análogo funcional del cerebro medio (mesencéfalo) de los vertebrados, que en humanos es suficiente para generar la experiencia consciente básica incluso si falta la corteza almendron.com almendron.com. En concreto, identificaron en el cerebro de los insectos un complejo central (protocerebral) encargado de integrar información sensorial, seleccionar objetivos y dirigir comportamientos –funciones muy similares a las del mesencéfalo mamífero–, sugiriendo que tal vez también provea la capacidad de experiencia subjetiva almendron.com. Esta hipótesis ubica la raíz de la conciencia más atrás en la escala evolutiva y sostiene que no se necesita una corteza cerebral para sentir de forma primaria culturacientifica.com. En la misma línea, Lars Chittka (cuyo laboratorio ha revelado muchas habilidades de las abejas) sostiene en su libro “The Mind of a Bee” (2022) que las abejas poseen estados mentales sencillos y posiblemente sentimientos, insistiendo en que debemos estudiar su cerebro y comportamiento con mente abierta a la posibilidad de la conciencia. De hecho, Chittka y colegas participaron en la revisión que concluyó que los insectos tienen estructuras y comportamientos indicativos de sufrimiento. Otros entomólogos y etólogos, al ver comportamientos como el juego en abejorros o las posibles “emociones” en abejas, se muestran cada vez más convencidos de que hay “algo sucediendo” en la mente de estos animales que va más allá del simple instinto. Por ejemplo, la doctora Matilda Gibbons (Univ. de Pennsylvania), investigadora en neurobiología de la consciencia en insectos, fue también firmante de la Declaración de Nueva York y aboga por tomarse en serio a organismos tradicionalmente ignorados como la mosca de la fruta.
- Posturas escépticas: A pesar del entusiasmo de algunos, existe comprensible escepticismo en parte de la comunidad científica. Los críticos señalan que comportamientos complejos no implican necesariamente conciencia; podrían explicarse por mecanismos inconscientes evolucionados. Un ordenador o una inteligencia artificial podrían realizar tareas muy complejas (e.g. conducir un coche evitando obstáculos) sin tener ninguna experiencia subjetiva, del mismo modo –dicen– un insecto podría navegar o comunicarse sin “darse cuenta” en absoluto. Retomando la perspectiva clásica, argumentan que la organización neuronal de los insectos (cerebro diminuto, circuitos relativamente rígidos) pone en duda la presencia de un espacio mental. De hecho, durante siglos muchos científicos siguieron a Descartes, quien en el siglo XVII negó que los animales pudieran sentir dolor o tener conciencia alguna, viéndolos como autómatas biológicos. Si bien hoy pocos negarían la capacidad de sufrimiento en un perro o caballo (Descartes fue duramente cuestionado incluso en su época respecto a los mamíferos) almendron.com, algunos podrían sentir más cómodo extender la idea de “máquina sin sentir” a criaturas tan distantes como insectos. En 2019, un grupo de investigadores escribía que, ante los hallazgos sobre insectos, “estos avances no prueban concluyentemente la existencia de la consciencia en esos animales, pero sí establecen un sólido apoyo científico para considerarla”. Es decir, hay datos suficientes como para no descartar la conciencia insectil, pero no pruebas irrefutables que la confirmen. Algunos neurocientíficos insisten en buscar señales neuronales más directas de conciencia en insectos, por ejemplo patrones de actividad cerebral integrados o indicadores de atención sostenida. Hasta que no se obtengan tales evidencias, mantienen una posición neutral o escéptica. Cabe destacar que incluso la Declaración de Nueva York evitó afirmar “los insectos tienen conciencia” y en su lugar habló de una “posibilidad realista”, reflejando que aún hay incertidumbre. En suma, la posición escéptica pide rigor y no apresurarse: reconocen la sofisticación de los insectos, pero reservan el atributo de consciencia a la espera de más evidencias directas.
En síntesis, las posturas científicas oscilan en un espectro. En un extremo, investigadores como Barron, Klein, Chittka o Godfrey-Smith consideran plausible e incluso probable que los insectos tengan alguna forma de experiencia consciente básica, apoyados en nuevas teorías evolutivas y hallazgos empíricos. En el otro extremo, algunos científicos más conservadores advierten que no debemos antropomorfizar ni sobreinterpretar conductas adaptativas, recordando que correlación no es causación (un insecto puede aprender sin “darse cuenta” igual que una red neuronal artificial aprende sin sentir). Entre ambos extremos hay muchos matices: quizá la pregunta no sea binaria (consciente vs. no consciente), sino de grados de conciencia. Posiblemente los insectos tengan proto-consciencia o conciencia muy limitada a estímulos simples, o tal vez ciertos insectos sociales (p. ej. abejas) alcancen umbrales de conciencia que otros más simples (p. ej. una mosca de la fruta) no. La ciencia todavía está explorando estas cuestiones, combinando estudios de comportamiento con neurobiología comparada.
Enfoques filosóficos sobre la conciencia en seres no humanos
El debate sobre la conciencia de los insectos no es solo científico; también plantea desafíos filosóficos de larga data. La filosofía de la mente y la ética han reflexionado durante siglos sobre qué seres tienen mente o conciencia, cómo podríamos saberlo y qué implica eso moralmente. Aquí revisamos algunas ideas filosóficas relevantes:
- ¿Qué es la conciencia fenoménica? El concepto clave es el de conciencia fenoménica, es decir, la experiencia subjetiva en primera persona. El filósofo Thomas Nagel la definió clásicamente al preguntar “¿Cómo es ser un murciélago?” en 1974. Nagel afirmó que un organismo es consciente si hay algo que es ser ese organismo, algo que se siente al estar en su piel (o exoesqueleto). Aplicado a un insecto: si hay “algo que es ser una abeja”, por muy alienígena que esa experiencia nos resulte, entonces la abeja es consciente. Nagel destacaba que, aunque nunca podamos saber exactamente cómo es la experiencia de otra especie, la mera existencia de esa perspectiva subjetiva es lo que define a la conciencia. Este enfoque ayuda a clarificar la pregunta: no buscamos si los insectos piensan como humanos, sino si tienen algún tipo de vivencia subjetiva (ver, oír, oler, sufrir o gozar algo). Muchos científicos al discutir la conciencia en animales se refieren justamente a esta noción fenoménica básica, distinta de la autoconsciencia (reconocer al yo, concepto de sí mismo) o de la conciencia de orden superior (reflexionar sobre los propios pensamientos). Es concebible que un insecto, de tener conciencia, sea del tipo más simple: sensaciones de dolor, de saciedad, de atracción por un olor dulce o aversión por un sabor amargo, etc., pero sin un “yo” narrativo complejo. Esta diferenciación es importante, pues algunos escépticos aceptan que un insecto tenga sensaciones pero no lo considerarían “consciente” porque lo equiparan a no tener autoconsciencia. La mayoría de filósofos de la mente, sin embargo, reservarían el término consciencia para esa experiencia fenoménica mínima.
- El problema de otras mentes y la analogía con máquinas: Un problema filosófico clásico es cómo sabemos si otros seres tienen mente (el llamado problema de las otras mentes). En el caso de animales, no podemos experimentar sus estados internos directamente; inferimos su conciencia por analogía con nosotros (misma estructura cerebral, comportamientos similares al dolor, etc.). En insectos, la brecha es mayor: su fisiología es muy diferente. ¿Podemos asumir que un cerebro tan diferente produzca experiencias? Aquí algunas teorías se dividen. Una postura, influida por el dualistmo cartesiano en su época o por enfoques reduccionistas posteriormente, diría que si un ser no tiene las estructuras equivalentes a las nuestras, no tendría conciencia. Recordemos que Descartes, al observar que los animales carecen de razón y lenguaje humano, llegó a negarles toda sensación –una postura que hoy parece extrema
almendron.com. Un corolario moderno de ese escepticismo es la comparación con robots: a medida que la inteligencia artificial avanza, vemos sistemas que pueden reconocer objetos, navegar entornos e “interactuar” de forma bastante autónoma. Un insecto podría verse como una especie de robot biológico altamente refinado por la evolución. Si un coche autónomo esquiva obstáculos sin sentir nada, ¿por qué una cucaracha, al esquivar zapatazos, tendría que sentir algo? Los filósofos funcionalistas argumentan que lo importante es la función: si un sistema (natural o artificial) procesa información de cierta complejidad e integra diversos datos sensoriales para guiar su conducta, podría generarse un estado mental unificado (eso sugieren teorías como la del Espacio de Trabajo Global o la Teoría de la Información Integrada). Según esta última, incluso sistemas relativamente simples con suficiente integración de información poseen un grado >0 de conciencia. Desde esa perspectiva, un insecto que integra visión, olfato, memoria y estado interno para tomar decisiones posee un cierto destello de conciencia, aunque muy por debajo de la humana. No hay consenso filosófico sobre estas teorías, pero ilustran marcos que no excluyen a los insectos a priori. - Conciencia como continuo evolutivo: Muchos filósofos de la biología, como Daniel Dennett o Peter Godfrey-Smith, apoyan una visión gradualista de la conciencia. Esto implica que la conciencia no apareció súbitamente de la nada en los humanos, sino que tiene raíces antiguas y grados variables. Godfrey-Smith habla de “puntos de vista” que emergen a medida que los sistemas nerviosos se complejizan. Peter Singer, filósofo moral, retoma la idea de Barron y Klein de que la experiencia subjetiva podría ser más antigua y más extendida evolutivamente de lo que se suponía almendron.com. Singer señala que si aceptamos la tesis de Barron y Klein (sobre el ganglio central de los insectos como base de experiencia), la conciencia podría haberse originado hace cientos de millones de años y estar presente en muchos más animales de lo que creíamos
almendron.com almendron.com. Esto enlaza con la noción de continuidad evolutiva: no existe una línea absoluta entre “conscientes” e “inconscientes”, sino un continuo donde algunas especies tienen quizá un rastro muy tenue y otras una conciencia vívida. En tal continuo, los insectos estarían en algún punto intermedio-bajo, pero no en cero. - ¿Cómo imaginar la mente de un insecto? Un desafío filosófico es que, aun si aceptamos que el insecto tiene experiencias, ¿cómo son esas experiencias? Singer reflexiona que es difícil imaginarlo: “Lo que pensemos al respecto depende de cómo nos imaginemos que puedan ser sus experiencias subjetivas” almendron.com. Podría ser que una oruga devorando hojas sienta una suerte de “placer” primario al comer, suficiente para que su corta vida valga la pena pese a morir de hambre luego almendron.com. O, por el contrario, tal vez la oruga sufra al morir de hambre, experimentando una aversión sin comprender la causa. Estas posibilidades ilustran que no sabemos cómo es ser un insecto, y esto dificulta tanto la confirmación científica como la empatía moral. Algunos filósofos, como aquellos alineados con el panpsiquismo, llegan a postular que la conciencia es una propiedad fundamental que pervive en todos los sistemas vivos (e incluso en la materia), solo variando en grado. Bajo ese lente, la pregunta no es “¿tienen los insectos conciencia?”, sino “¿qué tan desarrollada es su conciencia en comparación con la nuestra?”.
En el plano teórico, cabe mencionar que la discusión sobre la conciencia animal ha llevado a declaraciones formales (como la de Cambridge 2012 y Nueva York 2024 ya citadas) y a replantear supuestos. Hace algunos años, se consideraba que sin neocórtex no podía haber conciencia; hoy se reconoce que aves (sin neocórtex) ciertamente son conscientes, ya que han desarrollado estructuras cerebrales diferentes pero funcionalmente equivalentes para generar experiencias culturacientifica.com. Esto abre la puerta a que, aunque el cerebro de los insectos sea distinto, podría haber desarrollado soluciones convergentes para generar subjetividad. En efecto, Singer destaca que crustáceos e insectos tienen estructuras análogas a las de animales superiores para integrar información almendron.com, mientras que las medusas (sin sistema nervioso centralizado) no. Filosóficamente, esto respalda una visión no antropocéntrica de la mente: la conciencia no es exclusiva del “modelo mamífero” de cerebro, sino una propiedad funcional que puede surgir en diversos sustratos biológicos.
En resumen, desde la filosofía de la mente, se enfatiza la definición clara de conciencia (fenoménica), se reconocen las dificultades de “probarla” en criaturas no verbales, y se discuten criterios indirectos. La posibilidad de la conciencia en insectos nos obliga a cuestionar nuestros prejuicios sobre qué tipo de cerebros pueden albergar vida mental. También nos invita a la humildad: puede existir un amplio abanico de formas de sentir en la naturaleza, algunas de las cuales apenas empezamos a vislumbrar.
Implicaciones éticas de reconocer conciencia en insectos
Si aceptamos siquiera como posibilidad que los insectos tengan algún grado de conciencia o capacidad de sufrir, las consecuencias éticas son profundas. Los insectos son, con diferencia, los animales más numerosos del planeta (se estima que en un momento dado hay 10 quintillones –10^19– de insectos vivos almendron.com). Además, nuestra relación con ellos es muy distinta a la que tenemos con mamíferos o aves: incluimos insectos entre las llamadas “plagas” que afectan cultivos, propagadores de enfermedades (mosquitos), competidores por alimentos almacenados, etc. Tradicionalmente, eliminar insectos dañinos con pesticidas o aplastar a un mosquito que nos pica no ha generado reparos morales significativos en la mayoría de personas. Pero, ¿deberíamos replantearnos esto?
Algunos filósofos y activistas sugieren que, de demostrarse la capacidad de sufrir en insectos, tendríamos el deber de ampliar la consideración moral hacia ellos, al menos en cierta medida. El ejemplo extremo son los monjes jainistas en la India, quienes barren cuidadosamente el suelo frente a ellos para no pisar hormigas y filtran el agua para no tragar inadvertidamente insectos, motivados por una convicción religiosa de no dañar a ningún ser vivo. Singer comenta que en Occidente solemos ver esto con ironía, pero tal vez deberíamos admirarlo por llevar la compasión a su conclusión lógica almendron.com. Sin llegar a ese extremo, podemos evaluar situaciones prácticas:
- Agricultura y control de plagas: Si los insectos sienten, el uso masivo de pesticidas que causan muerte por envenenamiento (posiblemente dolorosa) se vuelve problemático. ¿Habría métodos más humanitarios de control? Por ejemplo, a veces se utilizan trampas de feromonas o controles biológicos (predadores naturales) en vez de químicos, lo cual podría reducir el sufrimiento individual aunque el objetivo siga siendo matar a la plaga. También se podría investigar la posibilidad de repelentes que ahuyenten en lugar de exterminar, evitando daño. Sin embargo, en escenarios donde la supervivencia humana o seguridad alimentaria están en juego, ¿hasta qué punto podemos priorizar el bienestar de los insectos? Godfrey-Smith apunta que nuestra relación con ciertos insectos será “inevitablemente antagónica”, dada la competencia por recursos y peligros que implican (piénsese en los mosquitos vectores de malaria) culturacientifica.com. A diferencia de cómo podríamos “hacer las paces” con peces u otros vertebrados, es difícil imaginar dejar de combatir mosquitos si está en riesgo la salud humana culturacientifica.com. Esta tensión refleja un dilema ético: reconocer la posible sensibilidad de los insectos no necesariamente elimina la necesidad de controlarlos en ciertos contextos, pero sí obliga a buscar soluciones que minimicen el sufrimiento evitable.
- Bienestar en investigación y cría industrial: Miles de laboratorios en el mundo usan rutinariamente insectos (sobre todo Drosophila melanogaster, la mosca de la fruta) como organismos modelo para investigación genética, neurológica y médica. Actualmente, prácticamente no existen normativas de bienestar animal para insectos de laboratorio –al contrario de lo que ocurre con ratones o peces cebra, donde se requieren protocolos éticos. Si se acumula evidencia de que las moscas pueden sufrir, debería reconsiderarse su trato: por ejemplo, evitar métodos de eutanasia crueles (hoy se suelen matar congelándolas o con éter, asumiendo que no sufren), proveerles entornos enriquecidos si van a mantenerse vivos por tiempo prolongado, etc. En la industria alimentaria, la FAO y otros organismos están promoviendo la cría de insectos para consumo (humano o de ganado) por su eficiencia en producir proteína elpais.com. Granjas de grillos, gusanos de la harina y otros insectos comestibles están en aumento. Actualmente, no hay marco legal que regule el sacrificio o las condiciones de cría de estos insectos. Si creemos que “solo son insensibles”, entonces criar millones de larvas en espacios densos y procesarlas vivas podría verse como éticamente trivial. Pero si aceptamos la posibilidad de su sentiencia, surgen obligaciones: ¿Deberíamos criar insectos con ciertas normas de densidad, alimento adecuado, evitarles estrés? Y especialmente, ¿cómo sacrificarlos de manera humanitaria? El profesor José Carlos Otero, citado antes, aboga por legislar la forma de sacrificio industrial de insectos, y se declara “convencido de que sufren”. Esto podría implicar, por ejemplo, usar un método rápido como congelación rápida o atmósferas de CO₂ para minimizar la percepción de dolor. Son discusiones incipientes, pero necesarias si esta industria crece.
- Derechos y estatus moral: Un paso más allá es preguntarse si los insectos tendrían derechos o un estatus moral propio. Hasta ahora, el movimiento por los derechos de los animales se ha enfocado en vertebrados, especialmente mamíferos y aves (y más recientemente pulpos). Singer sugiere que el mundo no está ni remotamente preparado para tomarse en serio algo como una “campaña por los derechos de los insectos” almendron.com. Primero deberíamos, dice, terminar de incluir plenamente a todos los vertebrados en nuestra consideración moral, dado que ahí hay mucho trabajo pendiente almendron.com. Sin embargo, Singer reconoce que, lógicamente, si se demuestra la conciencia de los insectos, la ética utilitarista (que él defiende) tendría que contar sus intereses también, al menos en la medida en que puedan sufrir o disfrutar. El problema es práctico: con trillones de insectos, es inviable darle a cada uno protección individual. Algunas propuestas hablan de priorizar especies o situaciones: por ejemplo, quizá debamos preocuparnos más por insectos sociales longevos (como hormigas reinas, abejas) que viven meses o años, cuidan crías, etc., que por insectos de vida efímera o sistemas nerviosos ultra sencillos. Otra idea es aplicar el principio de precaución: mientras no estemos seguros, tratar de no causar sufrimiento masivo gratuito. La profesora Angélica Mendoza (UNAM) aboga precisamente por esta visión: “no necesito evidencia científica para tratarlos bien… no voy a maltratarlos, cortarlos por la mitad, hacer con ellos lo que me dé la gana”, dice, enfatizando que aunque no esté comprobado al 100% que sienten, eso no nos da derecho a abusar de ellos. Esta actitud recuerda el imperativo ético de errar del lado de la compasión cuando hay duda.
- Conservación y importancia ecológica: Más allá del sufrimiento, reconocer algún valor inherente a los insectos podría reforzar esfuerzos de conservación. Ya sabemos que los insectos son cruciales para los ecosistemas (polinizadores, recicladores, base de cadenas tróficas). La noción de que además tienen experiencias podría motivar una perspectiva de respeto similar a la que tenemos hacia mamíferos silvestres. Educar a las personas desde temprana edad en la importancia y sensibilidad de los insectos podría fomentar un trato más cuidadoso hacia ellos. Iniciativas como la creación de hábitats amigables para insectos, la reducción de pesticidas en jardines, o simplemente evitar matar insectos innecesariamente (por ejemplo, rescatando una abeja caída en lugar de ignorarla) podrían ser consecuencias de una mayor conciencia pública sobre su posible consciencia.
Legalmente, todavía ningún país ha incluido a los insectos en sus leyes de bienestar animal de forma general. Pero los precedentes existen: el Reino Unido, como vimos, actualizó su ley en 2022 para proteger pulpos y cangrejos basándose en evidencia científica. Si la ciencia continúa acumulando pruebas a favor de la sentiencia en insectos, es concebible que en el futuro se propongan enmiendas similares. Por ejemplo, podría requerirse justificación ética para experimentos con abejas o saltamontes igual que se exige para roedores. O normas sobre manejo de colmenas (en apicultura) que minimicen daños innecessarios a las abejas. No obstante, las consecuencias de reconocer conciencia en insectos no son sencillas culturacientifica.com. A diferencia de concederles derechos a grandes simios (algo debatido pero limitado en escala), extender consideraciones a insectos choca con hábitos muy arraigados y con nuestros intereses económicos/sanitarios. Es probable que cualquier cambio sea gradual: por ejemplo, se podría empezar protegiendo a especies clave (como mariposas o abejas) de malos tratos deliberados, sin llegar a prohibir los insecticidas de la noche a la mañana.
En conclusión de esta sección, las implicaciones éticas dependen en parte del grado de conciencia que aceptemos en insectos. Si resultara que apenas tienen un atisbo de sensación, quizá las obligaciones morales sean relativamente leves (pero aun así presentes). Si, en cambio, ciertas especies como abejas muestran estados mentales más complejos y la capacidad clara de sufrir, entonces tendríamos el deber de recalibrar nuestra relación con ellas. En cualquier caso, muchos filósofos como Singer proponen un enfoque práctico: ampliar gradualmente nuestro círculo moral usando la mejor evidencia disponible, sin esperar certezas absolutas (que quizá nunca lleguen, dado que nunca podremos sentir como un insecto para verificar). La idea central es evitar el sufrimiento evitable: si hay maneras de lograr nuestros fines (alimentación, salud, investigación) con menos daño a seres sintientes, deberíamos adoptarlas, aunque esos seres sean “simples” insectos. Esta noción de compasión universal puede sonar radical, pero refleja una ética basada en la coherencia: una vez reconocemos la chispa de la sensibilidad, por pequeña que sea, en las abejas, hormigas o moscas, nos corresponde moralmente actuar en consecuencia.
Conclusiones
La cuestión de si los insectos poseen conciencia o experiencia subjetiva ya no es puramente especulativa, sino un tópico de investigación activa y un debate filosófico legítimo. Hemos revisado evidencia de que los insectos exhiben cognición avanzada, incluyendo memoria, aprendizaje complejo, comunicación simbólica y posiblemente estados de ánimo rudimentarios. También hemos visto indicios de que podrían sentir de formas análogas al dolor y al placer, aunque su vivencia exacta nos siga resultando misteriosa. Científicos destacados sostienen hoy que existe una posibilidad realista de consciencia en los insectos culturacientifica.com, marcando un giro respecto a visiones anteriores que los relegaban al nivel de meros autómatas. Por otro lado, el escepticismo científico nos recuerda que hace falta seguir acumulando pruebas y quizás identificar correlatos neurales más directos de la conciencia en estos animales diminutos.
Filosóficamente, el debate nos desafía a ampliar nuestra empatía más allá de las criaturas con las que compartimos semblanza. Si un cerebro de abeja puede generar aunque sea un pálido atisbo de “¿qué se siente ser abeja?”, entonces la conciencia abarca un espectro mucho más amplio en la naturaleza de lo que intuíamos almendron.com. Como consecuencia, las implicaciones éticas nos invitan a la reflexión: tal vez debamos repensar prácticas cotidianas (desde cómo manejamos nuestro jardín hasta las políticas agrícolas a gran escala) para incorporar esta nueva comprensión de los insectos como posibles sujetos de experiencia. No se sugiere que mañana dejemos de usar insecticidas o que otorguemos derechos legales individuales a cada hormiga –eso sería impracticable y prematuro–, pero sí que adoptemos una postura de humildad y precaución moral. Podemos empezar por minimizar el daño gratuito a los insectos y valorar más su rol, dados los enormes beneficios que nos brindan (polinización, control de plagas naturales, descomposición ecológica, etc.).
En la práctica científica, uno de los firmantes de la Declaración de Nueva York animó a sus colegas: “Todos esos nematodos y moscas de la fruta que se encuentran en casi todas las universidades, estudien la consciencia en ellos… ¡Imaginen eso!”. Esta exhortación refleja que aún sabemos muy poco y que los insectos podrían ser la clave para entender cómo y por qué surge la conciencia en términos evolutivos. Estudiar sus sistemas nerviosos simples pero efectivos podría arrojar luz sobre los principios fundamentales de la mente.
En conclusión, no hay aún un veredicto definitivo sobre la conciencia de los insectos. Pero la evidencia acumulada hasta 2025 sugiere que ya no podemos descartarla a priori. Existe una continuidad evolutiva que difumina las fronteras de la mente: lo que antes creíamos exclusivo de humanos resultó compartido con primates; luego se extendió a mamíferos, aves, pulpos, y ahora asoma la posibilidad en abejas y hormigas. Cada ampliación de este círculo nos obliga a reevaluar nuestros deberes hacia esas criaturas. Quizá en un futuro cercano veamos códigos de ética incluyendo a insectos de laboratorio, o métodos de control de plagas más humanitarios. Por ahora, adoptar una perspectiva de respeto y compasión informada parece una postura sensata. Parafraseando a Singer, aún no clamamos por “derechos de los insectos”, pero podemos ir incorporándolos en nuestra esfera de consideración moral progresivamente, del mismo modo que vamos incluyendo a otros animales no humanos cuyos capacidad de sentir ya no dudamos
almendron.com.
En última instancia, investigar la conciencia en insectos no solo nos habla de ellos, sino de nosotros: nos recuerda la extraordinaria diversidad de formas de sentir que puede haber en el mundo y nos invita a expandir nuestra empatía más allá de las fronteras tradicionales de la especie o el tamaño. Los insectos, diminutos compañeros de planeta, podrían tener también “pequeñas mentes” con su propia perspectiva. Reconocerlo sería un signo de madurez de nuestra ciencia y de nuestra ética, integrándonos más plenamente en la comunidad de la vida sintiente.
Fuentes:
- Barron, A. B., & Klein, C. (2016). What insects can tell us about the origins of consciousness. PNAS, 113(18), 4900-4908.
- Chittka, L. (2022). The Mind of a Bee. Princeton University Press.
- Declaration of New York on Animal Consciousness (2024)
culturacientifica.com (Conferencia “The Emerging Science of Animal Consciousness”, Univ. de Nueva York). - El País – Materia: “¿Y si los insectos pueden sentir dolor?” Laura Camacho (01/09/2022)
elpais.com. - Infobae: “Más allá del instinto, la inteligencia social de abejas y hormigas…” Celeste Sawczuk (27/06/2025).
- Quanta Magazine (trad. Cuaderno de Cultura Científica): “Los insectos y otros animales tienen consciencia, expertos declaran” Dan Falk (19/04/2024)
culturacientifica.com. - Singer, P. (2016). “¿Son conscientes los insectos?” Project Syndicate (trad. Revista de Prensa)
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almendron.com. - CCCB Lab: “¿En qué piensan los insectos?” Javier A. Canteros (05/07/2022).
- UNAM Global: “¿Sienten los insectos? Evidencias que desafían lo que creíamos” (2022).
- Otros estudios y fuentes citados a lo largo del texto
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